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El Cádiz de la fiebre amarilla

Publicado el 19 de octubre de 2008 en , por Hilda Martín, comentarios cerrados.

Y las banderas amarillas ondaban sobre las torres y miradores: Cádiz Octubre de 1800.

Empezaba un siglo de conflictos intensos. La guerra contra los ingleses primero, y contra los franceses después, dejó en la ciudad miedo, consternación y un sentimiento de pérdida al que ya estaba acostumbrada.

Oración de Gracias de don Manuel de Cos Sobre las azoteas, hospitales, lazaretos y murallas ondeaban banderas amarillas con un mensaje implícito que todos entendían. Se desplegaba la señal inequívoca de que el lugar estaba siendo devastado por el tan temido “vomito negro” y que, en solo cuatro meses, recorrió todos los barrios y comisarías de la ciudad: Mundo Nuevo, Santiago, San Antonio y Bendición de Dios, Santa María y la Merced, Cruz de la Verdad, Ave María, San Lorenzo, Barrio Nuevo de Santa Cruz, Capuchinos, Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de Candelaria, Viña Nuestra Señora de las Angustias, San Roque y Boquete, Nuestra señora del Rosario y Puerta de Tierra y Puntales.

En ellas sus correspondientes comunidades de religiosos y religiosas: franciscanos, capuchinos, mercedarios, carmelitas, dominicos, agustinos, clérigos de San Juan de Dios y de San Felipe Neri, religiosas concepcionistas descalzas y calzadas de Santa María y las agustinas de Candelaria.

Y establecimientos de beneficencia y hospitales: Colegios de San Bartolomé y Santa Cruz, Casa grande de viudas, antigua casa de viudas, casa de recogida, casa de expósitos, casa de misericordia, de mujeres, hospital de mujeres (vulgo), hospital de San Juan de Dios, hospital Real y el hospital de la Segunda Aguada.

En el ánimo de la ciudad no estaba pensar en los conflictos venideros, y los asuntos políticos y las relaciones internacionales quedaban lejos entonces. En esta ciudad maltratada nacería un espíritu de supervivencia y lucha capaz de poner trabas a quienes quisieran dominarla. Para entender el futuro de la población gaditana no es posible obviar este hecho. La crueldad de la enfermedad y los vínculos que el padecimiento crea entre los ciudadanos ayudó a forjar el espíritu solidario, aguerrido y contestario de nuestro pueblo.

Muchas son las causas que llevan a Cádiz a ser el marco esplendoroso de la Carta Magna, sin duda una de estas causas fue el afán de sobrevivir a la epidemia. Otra, y no menor, el sufrimiento de ver morir a los nuestros.

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