Retrato del vómito negro
Y las banderas amarillas ondaban sobre las torres y miradores: Cádiz, Octubre de 1800.
El mal era apreciable desde el principio: escalofríos, pulso frenético, calor, temperaturas muy elevadas, sequedad en la nariz, dolor fuerte en la espalda, cabeza y articulaciones, ictericia tanto de la piel como de los ojos, y vómitos de sangre que debilitaban hasta la muerte. El periodo de incubación era de unos seis días, y antes del octavo se producía la curación o la muerte.
No solo afectó a los hombres y mujeres. Se cebó en animales con dureza extrema: perros, gatos, caballos, gallinas y palomas caían por las calles de la ciudad arrojando sangre por la boca. En los lugares donde había ríos o lagunas, los peces aparecían muertos por cientos. La ciencia, que despuntaba y con un claro propósito experimental a través de la observación, dirigió su investigación a dos puntos fundamentales: la disección de cadáveres y la meteorología.
Los cadáveres abiertos mostraban que el vómito negro se extendía como el meconio de los niños, por el estómago, duodeno y colón, apareciendo el hígado y todos los demás órganos gangrenados. Así mismo se comprobó la gran cantidad de lombrices que ocupaban el instentino delgado.
Se demostró que a mayor calor y menos corrientes frescas, más virulenta era la enfermedad, de modo que ésta venía con el duro verano y terminaba con el frío del invierno.
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