Protocolos y ambigús
En cuanto al protocolo, el rey solía comer solo en la mesa, aunque acompañado por su séquito y el servicio siempre dispuesto a ofrecerle los mejores platos. El excesivo protocolo Borgoñón del XVIII irá dando paso durante el XIX a otro menos complejo y sofisticado. Tertulias y banquetes alrededor de una buena mesa solían ser el pasatiempo más socorrido. Las mesas se presentaban profusamente adornadas y engalanadas, cubiertas con las mayores exquisiteces: manteles de encajes y puntillas bordadas de Brujas, ricas cristalerías de Bohemia, esplendidas vajillas de Sevres y castellanas.
En una mesa real preparada para una gran cena, los puestos centrales eran ocupados por el Rey y su primogénito, situándose frente a éstos la reina y las infantas. A la derecha del Rey los invitados de honor. El servicio, constantemente preocupado porque el flujo de platos, salsas, vinos y dulces fuera el adecuado, se dividía en maestrante, repostero mayor, oficial de cocina, repostero de cocina y lacayo. Todo supervisado por el Mayordomo Mayor.
A principios del siglo XIX, el tipismo entra de lleno en la cocina real. Comidas campestre a base de tortilla de patatas, empanadillas, rosquillas y limonadas, eran consumidas por todas las clases sociales. Los ambigús y colaciones y las meriendas-cena empiezan a convertirse en elementos usados de forma cotidiana, sobre todo, por los nobles que acudían al teatro, entendidos como buffets donde alimentos fríos, embutidos, carnes, dulces y frutas, esperaban al hambriento trasnochador.
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