Parteras doceañistas
“Esta función indispensable para la propagación, expone a las madres a perder su salud y su vida”.
Dr. Juan de Navas 1795
Durante siglos las mujeres españolas no hacían nada ante el momento inminente del parto, produciéndose éste de forma natural. Una vez que había tenido lugar, se limitaban a lavarse junto al recién nacido e, inmediatamente, se incorporaban al trabajo o a sus obligaciones diarias.
Las mujeres se asistían mutuamente en el momento de parir, y cuando una de ellas destacaba por sus cualidades se la distinguía y reconocía en todo el pueblo, prefiriéndose aquellas que ya hubiesen parido, por las dotes de compasión ante el dolor que podían ofrecer a las nuevas parturientas, por el conocimiento que del cuerpo de la mujer tenían y por el trato que debían dispensar a los recién nacidos.
Moschión, Hipócrates, Galeno y Plinio, entre otros, desde tiempos antiguos, dejan constancia de las cualidades y condiciones que debían darse tanto en las comadronas como en las amas de cría: “estudiosas, aseadas, fuertes, laboriosas, diestras, compasivas, vergonzosas, de buena memoria y sin defecto corporal que las haga despreciables.”
A partir de la creación del Tribunal del Proto-Medicator en 1477 por los Reyes Católicos es cuando se comienza a exigir documentación acreditativa y legal a las personas que se encargaban de la salud pública, referido tan solo a los físicos, cirujanos, boticarios y barberos. Parteras, especieros y drogueros, continuaron durante siglos sin control alguno, siendo presos de persecuciones inquisitoriales y judiciales por su escasa formación y por rozar los limites de la brujería.
Las ordenanzas del Colegio de médicos y cirujanos acuerdan en 1663 que ninguna mujer de cualquier estado o condición pudiera acoger en su casa a preñada alguna sin estar examinada y aprobada por los distintos Colegios de Cirugía. Para ello debían asistir a algunas de las clases prácticas que, con este fin, algunos colegiales impartían para instruir a las parteras.
Ninguna mujer podía ejercer el arte de partear sin haber sido antes empañadora y poder demostrar haber acompañado a otra comadre con experiencia. Se estimaba que debían tener más de treinta y cinco años, manos delgadas con dedos largos, tacto fino y delicado. Se les tomaba juramento para que guardaran secreto de sus labores para prevenir escándalos, debían examinarse conforme a las disposiciones del Tribunal, tras el pago de treinta y ocho reales por la realización del ejercicio y no pagando más por ello aunque tuviesen que repetirlo, recibiendo una cartilla con los resultados obtenidos. Debían ser cristianas viejas, sin mezclas de judíos, ni moros; para ello tenían que asegurar su limpieza de sangre aportando nombre y apellidos de padres y abuelos, todo ello atestiguado ante la justicia ordinaria y ante el procurador síndico general. Habían de presentar fe de bautismo, información justificativa de haber practicado dos años, siendo testigo la comadrona a la que había ayudado. Debían además obtener certificado de vida y costumbres dado por el cura párroco. Y todos estos documentos pasaban al menos por tres escribanos. Una vez aprobadas, hacían juramento para defender la pureza de María Santísima en su Concepción.
El doctor Dº Antonio Medina, ya en 1752, examinador del protomedicato y médico de los Reales Hospitales, compuso una cartilla sobre el arte de partear, que ssirvió como prueba examinadora a parteras, comadronas y comadrones, con la salvedad de que éstos últimos necesitaban ser cirujanos para poder ejercer en los partos.
Estos condicionantes expuestos con anterioridad se llevarán a la práctica en las ciudades más importantes del reino, mientras en los pueblos y ciudades pequeñas el parir era llevado a cabo por mujeres cercanas que lo habían hecho siempre, haciéndolo en muchos casos con comportamientos y actuaciones que no coincidían con las publicaciones que realizaban doctores y profesionales de la cirugía.
“Cuando la criatura se presentaba de forma transversal, ponían a la mujer sucesivamente en varias situaciones y las sacudían asidas por las extremidades. Cuando la criatura no salía, se rompía la cabeza y con los dedos metidos en la boca se tiraba hacía fuera con fuerza. Cuando las membranas tardaban en romperse, se mandaba romper con las uñas para agrandar la abertura. Si se producía una hemorragia se colocaba un tapón blando mojado en vinagre y en la vagina un pesario de lana blanca empapado en zumo de acacia y opio acerado en vinagre”.
Dº Juan de Navas: Del Arte de partear, 1795.
Ante los efectos nocivos de muchos de estos remedios, las instrucciones a las que hacen referencia las ordenanzas y que comienzan a exigirse en Abril de 1789, hablan claramente del conocimiento de ciertos elementos básicos como partes duras y blandas del sexo femenino, partes del feto, de las condiciones del parto, de cómo acoger al nacido, de las amas de cría y de dar el Bautismo en caso de necesidad.
La mayoría de los partos a principios del siglo XIX, se producían en las casas, sólo las doncellas abandonadas se veían en la necesidad de acogerse a algún establecimiento de beneficencia.
“Las parturientas solteras que no serian recibidas en casas de vecinos honrados, necesitan ocultar sus vergüenzas en las de maternidad para evitar infanticidios”.
En Cádiz, el Hospital de Mujeres intentó paliar las enormes necesidades de una ciudad con una gran afluencia de población procedente de distintos países y puertos y de mujeres que, enfermas y embarazadas, no contaban con ninguna ayuda para subsistir.
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