Cuidados del recién nacido
Se colocaba al recién nacido en su falda, la cabeza sobre un muslo y las corvas sobre el otro. Luego se lavaba para quitarle el sebillo; si éste era muy espeso y abundante, aconsejaban quitarlo con agua tibia y una espátula de madera. Este sebo era utilizado para quitar las marcas de cicatrices y viruelas, sobre todo de la cara.
“Se terminaba de lavar con aceite de almendras dulces y con agua tibia o vino aguado. Se le desahogaba del meconio, introduciendo el dedo impregnado de aceite por el ano y se recogía en un lienzo. El cordón se envolvía en un lienzo untado de pomada y se le colocaba un cabezalito suave sujeto todo por una fajita fina de media vara de largo”.
A continuación se le vestía con la camisa doblándole la trasera y la delantera. Se ponía por pañal un lienzo limpio y blanco, y la mantilla, que no debía de sobresalir más que un palmo de los pies. Se envolvían en unos paños, hasta tres desde las axilas y se sujetaban por una faja, quedando los brazos metidos en unas manguitas sueltas atadas por la espalda.
Pero si los recién nacidos presentaban algún problema, las parteras contaban con mecanismos y maniobras dignas de resaltar.
“El meter a los niños recién nacidos en agua fría, los hacía fuertes y resistentes al frío”
Este procedimiento por medio del aire o del agua hasta cinco o seis grados menos que la temperatura normal, lo ponían en práctica con lo nacidos flojos y que no lloraban ni mantenían la cabeza. Del mismo modo introducían un dedo en la boca al nacido para que intentase chupar, aunque por poco tiempo para no debilitarlo.
“Aunque el recién nacido no dé señales manifiestas de vida se ha de procurar animarle, mientras no salga lleno de manchas gangrenosas, se le separe la piel del cuerpo o tenga la cabeza dislocada”
Entonces, si esto ocurre, se les hacían los ejercicios estimulantes, que consistían en buscar el frío fuera del cuarto de la madre, frotar la espina dorsal con un lienzo mojado en licor caliente, como aguardiente, agua de Toronjil o álcali volátil rebajada en agua. Se le estimulaba la nariz con una pluma y se exhalaba humo de tabaco. Se limpiaba la boca con un trapo de algodón frotando las encías con un grano de sal. Se les rascaba las plantas de los pies, frotando las sienes y la nuca con el mismo licor caliente. Se procuraba que, sin ligar, el cordón expulsara sangre por el mismo. Incluso cuando nada de esto parecía surtir efecto, se les debía dejar durante veinticuatro horas envueltos en paños con vino con la cabeza levantada y descubierta por si volviera en sí. Si el nacido era sofocado por el cordón se le sangraba en un brazo. Y si presentaba tumores o bultos en la cabeza por el esfuerzo, se les ponía agua fría y un cocimiento de flor de saúco.
El cordón solía caerse a los cuatro o cinco días y cuando esto ocurría se les cubría con un cabezalito mojado en vino. Si crecía carne se les ponía polvos rosa de mercurio dulce o alumbre quemado. A continuación, la faja, para que no se quebrase.
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