Amas de cría
“Es un gran consuelo tener la madre leche con que alimentar a su hijo cuando faltan las amas”
En el siglo XIX el oficio de ama de leche pasó, de ser una necesidad, a ser un lujo. Mujeres de poblaciones rurales marchaban a las ciudades para amamantar a los hijos de la cada vez más abundante burguesía que no podía o no querían criar a sus hijos, o que las utilizaba a modo de prestigio social. Mujeres de campo o, como ocurría en Cádiz, de países de ultramar, cargadas de atributos tópicos como la robustez y la salud, se ganaban la vida al mismo tiempo que daban de mamar a sus propios hijos. En la prensa de principios del XIX se recogen con asiduidad anuncios y solicitudes del servicio de estas amas. Aparecen peticiones de todas las edades, colores y origen, que eran colocadas en las casas más adineradas de la ciudad gaditana.
Desde un punto de vista médico, solo se estimaban motivos suficientes para no dar de mamar la falta de leche, de salud y de pezón. En todos los escritos médicos desde el siglo XVIII, se defendía el amamantamiento de los niños como el mejor modo de alimentación. Para acertar con la elección del ama era necesario comprobar la cantidad y la calidad de la leche. Para ello “se la ordeñaba cada seis horas para ver cuanta leche había juntado”. Aunque a veces, como ocurría en Cádiz, por la procedencia de las mismas –algunas llegadas de largos viajes por el mar–, sufrían interrupciones en la segregación de la misma. De todas formas para que hubiese más seguridad en la nodriza, se prefería que fuera joven, de dieciocho a veintiséis años, que hubiese criado a otros niños, robustez, un tamaño de pezón adecuado a la boca del recién nacido, genio vivo, que no tuviera el sueño pesado y, sobre todo que los informes aportados por los curas de sus pueblos o países de origen probasen la ausencia de enfermedades hereditarias o contagiosas. Para ello hacían una revisión completa a la nodriza observando si tenía cicatrices o signos de viruelas, si le faltaban dientes, si mostraba cicatrices en el cuello o en las ingles signos de enfermedades venéreas, que eran muy nocivas para los niños. La sarna corrió entre las familias gaditanas contagiadas en su mayoría por las amas de cría, imposibles de sustituir, ya que el niño había sido contagiado. Esta enfermedad, junto a las fiebres tifoideas, provenían de las regiones caribeñas y se instalaron en muchas ciudades costeras y de comercio activo con América.
Entraban en la casa cuando estuvieran para parir, siempre unas semanas antes que la señora, y se conservaban los servicios de, al menos, dos o tres de ellas para que nunca faltase leche.
“Debía ser dulce moderadamente, sin olor y de color perlado. Para ver esto, se hacía ordeñar un poco sobre una cuchara de plata, si tenía el sabor muy dulce, agrio, salado o es de color muy blanca o azulada, no valía”
Para ver su espesor se le echaba un poco de vinagre, y si ésta cuajaba, se consideraba demasiado espesa. En ese caso se le daba a la nodriza alimentos no muy nutritivos, verduras cocidas y pescado blanco además de bastante agua. Pero si por el contrario era muy clara, se las alimentaba con buenos caldos de pasta, gelatinas y yemas de huevo. Además bebían vino, ni agrio ni espirituoso.
La leche buena debía esparcirse en el agua formando una nube blanquecina.
Estas amas de cría entrarían crisis a finales del XIX tras la aparición del proceso de pasteurización de la leche, que permitía dar a los niños leche de animales, y por la invención de la tetina de caucho vulcanizado en 1845.
En las colonias americanas las amas de crías eran negras e indias, aunque el dominico Fray Reginaldo de Lizarrága se indignara por ello: ”Si a ningún mero español lo criase negra ni india, otras costumbres esperaríamos”. Sin embargo eran las preferidas por la población criolla desde la época de los encomenderos, conquistadores y militares, por su carácter dulce, que adormecía, y sus condiciones físicas, consideradas las mejores para nutrir a sus hijos.
A principio del XIX, en España y, sobre todo, en ciudades comerciales como Cádiz, el número de amas de cría de color era inexistente. Los estratos más altos de la sociedad las preferían blancas y estaban altamente consideradas las que procedían de Cantabria, las llamadas nodrizas pasiegas. Se anunciaban en prensa las más empobrecidas de la sociedad, madres mozas que ofrecían sus senos a los hijos de otros como un mero trabajo. Su situación les llevaba a buscar lactancias simultáneas, lo que perjudicaba la crianza de sus propios hijos que llegaban incluso a fallecer debido a la alimentación insuficiente.
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