Sobre la educación de las mujeres
A principios del siglo XIX la educación continuaba fuertemente influenciada por la Iglesia, que tenía un concepto funcional de la mujer como eje aglutinador de la familia y la visión de la perfecta casada, cristiana, buena madre y entregada esposa: una mujer cuya entrega perpetua al hogar y a la familia, era el mejor sostén para un sistema político y social de profundas y antiguas raíces eclesiásticas.
Por esto, su instrucción no estaba dirigida a formar académicas o sabias, sino mujeres piadosas que respetaran los valores tradicionales que la subyugaban desde siempre. Su objetivo era moldear a la mujer en los principios y valores necesarios para sustentar los hogares y familias cristianas, y conseguir así controlarla para que ésta respondiera a las necesidades de las clases dominantes.
El Proyecto de Decreto del 7 de Marzo de 1814 pretendía el arreglo general de la Enseñanza Pública, aunque un decreto posterior, el del 4 de Mayo, puso fin a todas las reformas liberales que las Cortes de Cádiz quisieron poner en funcionamiento.
Las nuevas ideas de la Ilustración impulsaron la educación, concibiéndola como un medio para alcanzar la felicidad y el progreso. El interés por la divulgación del conocimiento abarcó también al sexo femenino; y desde mediados del siglo XVIII y durante la guerra de independencia, los primeros periódicos publicados incluyeron artículos en los cuales se proponía un cambio en la instrucción de las mujeres.
Esta renovación, más que plantear un contenido similar en la instrucción de ambos sexos, consistió en crear conciencia sobre la necesidad de educar también a las mujeres, proceso que se dio de forma desigual en las principales poblaciones, y sobre todo a las clases altas.
A la luz de las nuevas ideas, se empezó a pensar que las mujeres, aparte de labores manuales y doctrina cristiana, debían aprender a leer y escribir.
Según el censo de Floridablanca de 1787, se cuantifican en Andalucía un total de 160 colegios para estudios de varones frente a los 25 de colegios de niñas nobles y 18 para niñas pobres. Un total de 4955 alumnos varones frente a 1033 niñas. Y entre los 500 maestros que están a cargo de las escuelas, apenas 162 son mujeres.
“No hay cosa más abandonada que la educación de las hijas, se supone que este sexo, no necesita de mucha instrucción y así el capricho, las costumbres y preocupaciones de las madres sirven de regla para todo”.
Dº Francisco de Salignac 1769.
Al acabar la primera mitad del siglo XIX, y según Madoz, el número de escuelas públicas en la provincia de Cádiz que atendía a los niños era de 49, y a las niñas 20, sin embargo, si observamos las escuelas o academias privadas la cosa cambia: ante los 88 centros privados para niños, nos encontramos con 119 para niñas, dedicándose estas academias sobre todo a la enseñanza de las labores domésticas. En cuanto al número de maestros en la provincia cuantifica Madoz un total de 290, de los cuales 163 eran hombres y 127 mujeres, con la diferencia de que, entre estas mujeres ,más de la mitad carecían de título.
La obediencia al marido con total sumisión y la idea general de que la única función de la mujer era cuidar su casa la apartaba de cualquier posibilidad de formación. Padres de familias se empeñaban en dotar a los hijos varones de una educación elevada que los situaran en puestos de importancia tanto en la carrera eclesiástica como en la civil.
“¡Que trastornos de leyes y costumbres! ¡Cuantas guerras sangrientas! !Que novedades en punto de religión! ¡Que revoluciones de Estado causadas por los extravíos y excesos de las mujeres!”.
Los tratados que recogen los principios básicos sobre la educación de las mujeres se dirigen sobre todo al ámbito doméstico y familiar cuya base se encuentra en la concepción de la misma como poseedora de un espíritu débil, lleno de una curiosidad malsana y nefasta que, si se dirigía al estudio de las armas, las cosas sagradas, la jurisprudencia, la filosofía y las artes, causaría gran daño al resto de la sociedad.
Toda la educación, por tanto, que podía ofrecérsele estaba dirigida al cumplimiento de las obligaciones que la naturaleza y la sociedad les habían impuesto. Poner en orden la economía, arreglar los espíritus, cuidar la salud de su familia, gobernar sus casas, criar sus hijos hasta cierta edad, hacer felices a sus maridos, tanto cuidando su interior como su exterior, eran sus únicas funciones.
“Como los caminos que conducen a los hombres a la gloria y autoridad les están cerrados, aspiran a distinguirse por las gracias de su cuerpo”.
Consideradas pusilánimes y delicadas por su sexo, incapaces de mostrar una conducta firme y arreglada, de espíritu tímido que las hacía verter lágrimas con facilidad, de actitud vanidosa hacía las otras mujeres y con una tendencia profunda a conseguir lo que se proponían usando cualquier medio y buscando artificios para lograrlos. La vanidad era considerada uno de los peores defectos.
El gusto por lo hermoso, por la gracia exterior, adornos, cofias, lazos, y peinados, eran considerados elementos del arte de la persuasión y del engaño.
Hasta tal punto se tuvo a las mujeres como culpables de corromper las costumbres, que la afición por los vestidos y la moda eran entendidas como un trastorno en la mente de las féminas. La pasión por las mesas arregladas, el gusto por los placeres y el lujo, solo eran posible en la fortuna, pero si ésta no se poseía, se la creía capaz de comportamientos indignos que destrozaran su honor, imprescindible en ellas.
Evitar amistades muy tempranas, envidias, cumplimientos y adulaciones en exceso, soportar la austeridad, evitar que dieran discursos inútiles, hablando de un modo corto y preciso, sabiendo reflexionar sobre sus pensamientos para saber callar en su momento. Por este motivo debía prohibírsele leer ficciones de carácter frívolo como las novelas, recomendado solo lecturas sobre historias agradables y útiles para el aprendizaje de sus obligaciones.
“La hermosura, engaña más a la mujer que la tiene que a la gente que la admira porque las mujeres hermosas son las más idolatras”.
Había que hacer entender a las hijas que la distinción solo se lograba con una conducta exquisita, ya que los adornos del cuerpo y la hermosura del mismo era algo pasajero, pecaminoso y engañoso.
“Procura pues tener un grande horror a la desnudez de pechos y todas las demás indecencia del cuerpo”.
La belleza, solo si estaba amparada por la modestia y la virtud, era sostenible, de otro modo ésta hacía de la mujer un ser endemoniado y maléfico. Nobles e insignes hombres de letras, veían en las antiguas esculturas griegas la simplicidad de la belleza, evitando los excesos de peinados y vestidos, evitando así lo pecaminoso del cuerpo. La idea era acostumbrar a las niñas desde pequeñas a pensar sobre la vanidad y la ligereza de espíritu no sometiéndose a la esclavitud de seguir modas, mantecas, polvos, alfileres, flores y bagatelas que violentaban la propia naturaleza.
El primer y más arduo recato en el vestir se refiere a mostrar los pechos.
En definitiva, no se debía permitir a las hijas ninguna acción, palabra traje ni adorno, que excediera de su clase. Había que reprimirlas a las fronteras naturales de su posición por los peligros a los que se exponen al querer salir y medrar fuera de ellas. Había que cortar cualquier atisbo de viveza que la hiciera destacar. No podían hablar por sí solas de lo que quisieran y sin necesidad, debiendo hacerlo con dulzura y sumisión y, por supuesto, de ningún tema que no perteneciera a la instrucción pertinente de las mujeres. Para esto, y para su cumplimiento, la religión debía velar para que con el temor de Dios pudieran ser disuadidas de tanto pecado.
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