Sobre la devoción cofrade
En la segunda mitad del siglo XVIII, la religiosidad popular continuaba mostrándose como en siglos anteriores. Las ideas y tendencias reformistas empezaron a ser oídas por algunos gobernantes, que entendcieron en dichas manifestaciones religiosas del pueblo un signo de oscurantismo y analfabetismo.
La religiosidad popular quedaba patente en la asistencia a misa cada día, en el incremento continuo del rezo del rosario, tanto en privado como en público, en el rezo del ángelus que paralizaba a mercaderes y paseantes y en las advocaciones a imágenes y cultos que, desde época Barroca, enriquecían el patrimonio de ciudades y pueblos. Procesiones y cultos que, mezcladas con supersticiones, no llegaron a ser bien vistas por los nuevos monarcas ilustrados como Carlos III.
Sobre este particular, el P. Isla recoge la tradición de numerosos pueblos de Andalucía de la “Santa asna”, a la que junto a escapularios y rosarios de devotos, se colgaban cintas de colores, bolsos y trenzas, que nada tenían que ver con la procesión.
Las reformas iniciadas en la religiosidad popular cobran un mayor protagonismo con Olavide, intendente de Andalucía que, como apasionado creyente de las ideas de Voltaire, entiende que la sacramentalización de los elementos populares era una forma de retraso en el cultivo intelectual de un país.
Estas ideas reformistas encontraron en los desórdenes continuos que se producían en las calles durante la semana de pasión, argumentos suficientes para que se llevaran a la práctica.
“Verdaderas mascaradas, con escándalos y desórdenes, tanto por la indecencia con que se presentaban algunos nazarenos, desnudos bajo las túnicas a veces cortas y de telas traslúcidas, como por el bullicio y la algazara que con bromas y risas promovían mujeres de moralidad dudosa”.
En 1768, la reforma financiera de los gremios iniciada por Olavide trajo una serie de normas que debían cumplirse íntegramente a la hora de cualquier celebración popular de carácter religioso. Se prohibía que las procesiones salieran por la noche, debiendo estar recogidas antes de la puesta de sol. Se prohibía terminantemente el uso de fuegos artificiales y acudir en masa hacia calles pequeñas y estrechas. Incluso se prohibió, en 1777, el uso de velas en las procesiones. Se vigilaba la indumentaria de los hermanos o que pudieran pasarse por medio de la misma, y mucho menos que se bebiera o comiera para no atentar contra el ayuno, ni se bailara, gritara o cantase delante de las imágenes.
“La gente acudía a divertirse como feria o verbena haciendo su agosto los vendedores de comestibles y bebidas”.
“Deben llevar túnicas proporcionadas a sus cuerpos y sin adorno (…), que no fuera ninguna persona con el rostro cubierto, no permitiéndose más de tres trompetas. Deben cerrar las puertas de las Iglesias el jueves santo por la noche y que no se coloquen donde hacen estaciones las cofradías ni licores ni alimentos, y que no se transite con motivo de vender por medio de la misma”.
Pero quizás la norma que se aplicó, en cuanto a los modos de realizar la penitencia, da fe de la racionalidad y responsabilidad que las nuevas ideas querían introducir en dichas muestras de fe. El 20 de Febrero de 1777, una Real Cedula de su Majestad hacía saber:
“Habiendo llegado a oídos de nuestro Señor, de la existencia en todo el Reino de penitentes de sangre y empalados en las Procesiones de Semana Santa, penitencias que más sirven de indevoción que de edificación, se prohíbe y se encargan que no se permiten disciplinantes empalados ni otros espectáculos semejantes, debiendo los que tuvieran verdadero afecto elegir otras más racionales y secretas y menos expuestas, con consejo y dirección de sus confesores”.
Juan de Santa María
Finalmente, en 1783, Carlos III decretó la extinción de las cofradías permitiendo solo las sacramentales y las de ánimas, y las que cuyo objetivo era socorrer a enfermos y encarcelados, lo cual supuso un enorme descontento entre la población andaluza y un interés por parte de cofradías ya formadas de renovar sus estatutos como marcaba la nueva normativa. Fue considerado Olavide responsable de tales reformas y, curiosamente, por ellas mismas llevado ante la Inquisición.
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