Sobre los caminos y postas
“En toda esta semana saldrá en posta para Sevilla un sujeto de distinción. Quien quisiere hacer el mismo viaje a partir los gastos podrá acudir en la fonda americana cita en la Plaza de San Juan de Dios.”
De nuevo las ideas reformistas, hicieron mella en otro de los aspectos de la vida cotidiana de la población de finales del XVIII, el del transporte de mercancías, los medios de comunicación y las carreteras y caminos. Los cambios necesarios para la mejora del movimiento comercial, de los ejércitos, de la población y de los correos se emprendieron desde la administración. Fundamentalmente a través de los Decretos promulgados por Carlos III en 1754 y 1756 y finalmente comunicados por Dº Lázaro Fernández de Angulo en 1760 para su cumplimento, ratificando el último reglamento que databa de 1720 y sobre el cual se habían cometido abusos por no haber quedado claro las reglas fijadas.
Regular todos los cargos dependientes de los correos, estafetas, postillones, postas así mismo como establecer los arbitrios para su uso, mejoraría notablemente la calidad de los caminos.
“Se ha establecido la posta de ruedas, que no había, en los ciento y más leguas que hay desde la Corte a Cádiz, facilitando este utilísimo recurso a aquel emporio del comercio del mundo, a los puertos inmediatos y a las grandes ciudades de Sevilla, Córdoba, Ecija y otras de la carrera. A este fin se han construido casas de posta y todo lo demás necesario”. Floridablanca
En el año 1761 en su obra “Itinerarios de las carreras de Postas” Campomanes nos informa de la existencia de unos 8100 kilómetros de carreteras y unas 400 casas de postas en todo el territorio español. Según el trazado, la dificultad y la situación del mismo, podía diferenciarse entre camino a pie, a herradura o a rueda.
El pueblo llano no solía desplazarse por ninguna cuestión que no fuera la estrictamente laboral, como las actividades temporeras agrícolas. Por lo que cuando viajaba lo hacía a pie, a corta distancia, que pudiera hacerla en una sola jornada y con el propósito de volver nada más haber acabado sus tareas.
«Además, como ningún español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos y objeto de toda clase de sospechas” Richard Ford
Sin embargo, la montura o caballo se reservaba a personas con una mayor posición social. Viajar en caballería, mulo o caballo suponía un coste mayor que el hacerlo a pie, sobre todo si tenemos en cuenta que el desplazarse de esta manera impedía hacer uso de los establecimientos benéficos de la iglesia que pudieran hallarse en el camino. Dicha caballería podía ser de propiedad, de alquiler o por la posta y a la ligera. Esta modalidad consistía en que particulares pudieran hacer uso, previa autorización del Correo Mayor de Madrid y de los Administradores de Estafetas, de los itinerarios de las carreras de postas.
Las literas del siglo XVI, en donde los viajeros ya iban sentados, fueron sustituidas por los coches y carrozas en el siglo XVIII, donde la aparición de técnicas como la de los correones y sopandas y luego las ballestas de acero mejoraron la suspensión de los coches. Podía distinguirse volantes o calesines, calesas y coches de colleras, estas últimas las más completas, con cuatro ruedas y cuatro asientos. Un tiro formado por seis mulas apareadas de dos en dos y conducida por un mayoral, dos servidores y un zagal.
«Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género, se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón, nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones nuestras propias caballerías.» Richard Ford
Los coches y caballos lograban hacer unas ocho leguas diarias, mientras que los caminantes, no sobrepasaban las cinco, una legua equivaldría a unos cinco kilómetros y medio. El coste del viaje por la posta, según decreto de 1756, era de unos siete reales por legua los particulares y unos cuatro reales los correos procedentes de la Corte. El establecimiento de las postas era en efecto la respuesta técnica a las exigencias de esas velocidades en el transporte de la correspondencia. Si el camino era llano un caballo al paso podía hacer unos seis o siete kilómetros a la hora aunque no podía superar las nueve horas diarias. Al trote podía alcanzar hasta 12 o 13 kilómetros a la hora pero no podía hacerlo más de tres horas al día y al galope apenas una hora aunque podía recorrer durante la misma hasta veinticinco kilómetros. Ahora bien si el camino era de pendiente estas distancias y velocidades se reducían a la mitad. Colocando una posta para cambiar de montura cada veinte kilómetros podía alcanzarse en un día hasta ciento cincuenta kilómetros.
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