La primera enseñanza
En general, durante la primera mitad del siglo XIX, el desarrollo de los conocimientos había sido más rápido y trascendental que en los siglos anteriores. La instrucción primaria, la segunda enseñanza e incluso la superior que conducía al ejercicio de las profesiones científicas, tenían un sitio en Cádiz, contando todas ellas con profesores capaces y cualificados para impartir distintas asignaturas. Puede decirse que a pesar de la decadencia económica que se expandía por la ciudad, se incrementó el celo de las autoridades por la beneficencia y la educación alcanzando esta, a un número de alumnos cada vez mayor y de cualquier clase social.
El ayuntamiento sostenía con sus fondos tres escuelas gratuitas para niños, una en la calle de las Escuelas, otra en la calle de San Francisco y otra en el barrio de extramuros próxima a la parroquia de San José. Regentadas por maestros y ayos, recogían a niños y algunas niñas en jornada de mañana y tarde para el aprendizaje de las primeras letras.
Podemos distinguir las escuelas que acogían a niñas y niños pobres, algunas como la de la calle Verónica dependiente de la Sociedad Económica de Amigos del País.
Apareciendo a lo largo de los años, academias sufragadas por comerciantes adinerados que contaban con becas para determinados alumnos como la de la calle Baluarte, cuya fama de enseñar de un modo ejemplar francés e inglés por caballeros nativos, hacía que vinieran alumnos desde otras provincias españolas, con el propósito de formarse para embarcar a otros países. Lo mismo que la academia situada en las casas consulares sostenida por navegantes y marinos para el aprendizaje de las ciencias náuticas.
Según Madoz, el mantenimiento de la instrucción pública en la ciudad de Cádiz supuso un gasto de hasta cien mil reales al año.
Los maestros sin titulación se dedicaban a párvulos de ambos sexos instruyendo a los alumnos según el grado de preparación de los mismos o la experiencia con la que contaban. Algunos preceptores, contaban con una planificación perfecta de la enseñanza de las letras y reglas aritméticas mientras que en otras ocasiones solo se ceñía al aprendizaje de las labores y de las oraciones, más como entretenimiento que como método de aprendizaje.
Cartillas y caligrafías proliferaron entre las mismas, haciendo hincapié constante en la disciplina y castigos como medio necesario para que la lectura y la escritura fueran aprendidas
El pago a los maestros a cargo de los ayuntamientos o sociedades era de ocho reales para los maestros y de seis para las maestras además del pago en frutos instituido y acordado de antemano. S los maestros no poseían titulación el sueldo se reducía a cuatro reales. Siempre por alumno y mensualmente
Según el censo de Floridablanca de 1787, de un total de 738153 almas en Andalucía, se cuantifican solo los que recibían formación en centros pertenecientes a obras religiosas, no superando los 210 niños y apenas 40 alumnas. Tomando el censo de Madoz que recoge información sobre la primera mitad del XIX podemos establecer que para un total en la provincia de Cádiz de 269764 almas , existían 260 escuelas, divididas en publicas y particulares sostenidas por instituciones privadas o fundaciones. Entre las primeras 49 para niños y 20 para niñas, y entre las segundas, las particulares, 88 eran destinadas a niños y 119 a niñas.
Concurrían un total de 12934 alumnos y alumnas, 5549 niños y 1187 niñas a las públicas y 3585 niños y 2613 niñas a las privadas.
En cuanto al número de maestros, Madoz habla de 290 de los cuales 163 serían hombres y 127 mujeres, con titulación 207 y sin ella el resto, 56.
Todos estos datos, ponen de manifiesto el ascenso paulatino de las personas a la educación que se pone de manifiesto al comprobar el aumento progresivo del número de hombres y mujeres que son capaces de leer y escribir. En el año 1840, 38000 hombres conocían la lectura y de ellos 30000 la escritura frente a las 24000 mujeres que estaban alfabetizadas.
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