CAPITULO 11 LAS CRONICAS DE CÁDIZ: DIARIO INÉDITO DE UN RELATOR APÓCRIFO
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Cádiz 23 de Septiembre de 1809
Antonio Murguía, que ha podido hablar con Quintana, me ha pedido que empiece a escribir sobre todo lo que ocurre en la ciudad, que tome buena nota y plasme en mis escritos los cambios que las actuales circunstancias están produciendo en ella. Quintana va a trasladarse finalmente aquí, como es posible que tenga que hacerlo la Junta en su conjunto, conforme a los derroteros que toma el conflicto. Todos los editores de la ciudad están conmigo en que es la hora del recuerdo, la hora precisa en que debe quedar reflejado el antes y el después de una España en guerra.
Nosotros, que pretendimos mover cada una de las piezas de las nuevas corrientes ilustradas en pos del progreso, somos los que debemos dar fe de cómo un pueblo como este, que se siente libre, trabaja duramente por la libertad. Eugenio de Tapias, coautor con Quintana del Semanario Patriótico, ya está en Sevilla con su esposa María Jesús Monasterio, y pretende trasladarse a Cádiz en las próximas semanas. Eugenio ha sido mi mentor en Madrid y su esposa compañera asidua de la mía.
Deben vivirse momentos delicados en Sevilla. Martín de Garay secretario de la Junta Suprema dice estar enfermo y quiere dimitir de su puesto, pero el apoyo incondicional de hombres como Jovellanos, Camposagrado o Valdés, le mantiene cerca de lo que considera más oportuno: la convocatoria a Cortes a lo que se oponen políticos menos reformadores. Quintana y Garay forman el tándem perfecto para presionar en las reformas que tanto necesitamos. Tengo muy claro que mi trabajo está aquí, por lo menos hasta que acabe la guerra. Debo ir a Sevilla y hablar directamente con ellos.
María sabe que estoy instalado en esta posada y conoce su dirección, lo que me tranquiliza. La imagino recorriendo ya las extensas tierras manchegas, expuestas a los peligros de la guerra, y no entiendo como he podido permitir que esto ocurriera.
Al menos ya tengo alquilada la casa. Es una construcción de tres cuerpos; el inferior está lleno de negocios al por menor, donde se encontrarían hace no mucho tiempo las accesorias y almacenes de los propietarios de esta vivienda, comerciantes venidos a menos desde el bloqueo inglés. Sobre estos hay un entresuelo que es el espacio que se alquila y que fueron oficinas y estancias dedicadas a las mismas funciones, dejando la parte superior del edificio como el lugar donde habitan los dueños de la finca.
No querían más que a un hombre solo, sin embargo la recomendación que llevaba de algunos de mis amigos en Cádiz ha hecho posible que me permitan vivir con mi esposa, contando con una sala, dos dormitorios y una cocina. Los muebles, seguro restos de los no usados por los dueños, no son toscos y están en perfectos estado, yo diría sin temor a equivocarme que han sido trabajados por buenos ebanistas que conocen la moda imperio. Hay sabanas, toallas, cortinas y menaje limpio y cuidado y, sobre todo, entra mucha luz por los grandes ventanales que se abren a la calle del Empedrado, en el barrio de Santiago.
En esta ciudad gaditana hay hermosas casas y edificios, que no deben envidiar a las que existen incluso en la Corte. Todas ellas con estilizados balcones y cierros, a los que les faltan las rejas por haberse tenido que entregar para la fundición de cañones. Como sólo existe un pozo en toda la urbe, el de la Jara, cerca de la plaza de San Antonio, las casas, a pesar de que llega agua a diario en pipas desde El Puerto de Santa María, disponen de aljibes que recogen el agua de lluvia desde las azoteas. Todas limpias y blanqueadas ribetean al modo de crestas de espumas las calzadas, que siempre andan cubiertas de una arena blanca y fina que el levante deposita con cuidado.
Diego de Ustáriz
Continuará
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