CIUDADES EN GUERRA: PUERTO REAL
Sobre un terreno llano, rodeada de arboles frutales y de huertos en tanta extensión que sobraba incluso para exportar a Cádiz y San Fernando, aparecía la villa de Puerto Real. Suertes de olivos, aunque con una aceituna endeble no capaz para buenos aceites y con una producción de legumbres y trigo justa para el consumo, se mostraba como una ciudad hermosa, envuelta en una luz única. Los molinos de Ossio, de D. Blas y Guerra movido por las aguas saladas de los caños competían en la molienda con el de la Goyena, más cerca del pinar y acogido a las aguas del rio San Pedro.
La vista desde los Carretones en el camino del arrecife hacía el Puerto de Santa María, impresionaba por la magnitud y esplendor de la distancia, tan cerca, al frente, la Carraca y la Isla de León, y en la lejanía, Rota, el Puerto, San Fernando.
Los barcos se aprovisionaban de agua para llevar hasta Cádiz en el mismo muelle construido de cantería, agua que provenía de la fuente del Rosalejo a dos leguas de distancia. La plaza Real o del Ayuntamiento, la de la Iglesia, la de Jesús, la de los Descalzos y de la Victoria y la de S. Telmo, la iglesia prioral de San Sebastián, la de San Francisco y el hospital de la Misericordia, configuraban una ciudad en crecimiento apegada al mar y a las blancas salinas.
Una ciudad que ya trabajaba en el metal y en la fundición a finales del XVIII, la fábrica de planchas de cobre y clavazón de buques, que levantó Du Serré, caballero de la real Orden de San Luis, para paliar las demandas del Arsenal de la Carraca que ocupaba a hombres de la población es prueba del apogeo económico de la villa.
Los gritos de los vendedores de pescado, frutas y carnes en las tablas del mercado improvisado en la plaza de Jesús. La casa consistorial, la cárcel y los pósitos de granos, daban presencia de una ciudad viva. El olor a encurtido de la fábrica de pieles se mezclaba con el olor de las casas donde se hacía buen queso que se vendían en los pueblos cercanos.
Las Luces de este siglo y la preocupación de hombres deseosos del progreso de la villa, les llevo a fundar la Sociedad Patriótica de Amigos del País a la forma y manera que en otras muchas ciudades de la Corte, favoreciendo la educación y los avances en la agricultura y la industria.
Y los barcos, en un terreno llano de labor y monte bajo lleno de marismas inmensas y de salinas sorteadas por casas encaladas y robustas, se dejaban reposar sobre el Trocadero, que metía una porción de tierra en la bahía y quedaba aislada por el caño. Allí, majestuosos de soberbia por el continuo trabajo estaban los careneros a una legua de Puerto Real, abierto en dos ramales, uno navegable hasta la ensenada del pueblo y el otro, más tímido, solo permitía el paso cuando había pleamar y los faluchos se atrevían a cruzarlo.
Las compañías de Filipina y de la Habana, poseían hermosos y esplendidos almacenes donde no faltaba nada, sin olvidar los de otros particulares que se enriquecían del comercio. Incluso un pequeño arsenal para fragatas dependiente del de la Carraca y una espaciosa caldera para las urcas de la compañía filipina.
Al otro lado Matagorda, sobre un terreno compuesto de cascajo, arena y lodo, que quedaba cubierto con la pleamar y que cuando las aguas bajaban quedaba unida por una calzada con Puerto Real.
Un siglo que acaba con una población, según recoge el padrón de 1798 de dos mil novecientos noventa y dos vecinos, doce mil novecientos cuarenta y cinco ciudadanos, de ellos mil quinientas mujeres, mil cuatrocientos noventa y un hombre, doscientos veintiocho niños y doscientas cincuenta niñas. Ciudadanos que soportarían en apenas unos años los embates de la guerra.
Esa tierra en la que se asentaba la Algaida, el Trocadero, Matagorda, el pinar de las Canteras, las iglesias, los conventos, las haciendas, era Puerto Real, el pueblo que sirvió de aprovisionamiento continuo a cuantos quisieron expoliarlos. Destruida por la invasión anglo-holandesa, en plena guerra de Sucesión, por las tropas de ocupación francesa y utilizada como almacén de aprovisionamiento por Riego en 1820.
Durante el siglo XVIII, el paso de la Casa de Contratación a Cádiz en 1712 favoreció la llegada de una nobleza inferior o de burgueses que habían adquirido títulos y que compraron tierras y casas solariegas y se asentaron en Puerto Real. El tráfico comercial trajo mano de obra tanto a la construcción naval como a la construcción de las fortificaciones de Matagorda y Fort Luis. De sus canteras salió la piedra ostionera para las obras de Cádiz y Sevilla y el más de un millón de estacas de sus pinares para los cimientos de Matagorda. Obras civiles y militares, que embellecieron la villa y que significaron un empuje para la actividad comercial y cierta expansión económica que favoreció la construcción de infraestructuras como el puente de barcas del ríos San Pedro, fuentes, mercado de abastos e Iglesias como la de San José.
Pero el siglo XVIII finaliza con una situación bien distinta de la villa. Una ciudad a la que ha llegado huyendo parte de la población gaditana sitiada por una flota inglesa en 1797. El hacinamiento y las fiebres gaditanas llegan a la población y la epidemia se extiende. La iglesia de San Benito, construida por cuenta de Dº Pedro Martínez de Murguía, para rendir culto a los difuntos albergara el nuevo cementerio, fuera de la ciudad, en un lugar apartado donde el contagio fuera el mínimo.
A finales de 1809, España entera quedaba bajo la bota francesa, el único lugar libre era Andalucía. En Diciembre de 1809, Soult escribe:
“En ningún momento, desde el comienzo de la Guerra de España, las circunstancias han sido más favorables que las presente para entrar en Andalucía”
El 20 de Enero, el ejército de Napoleón atravesó los pasos de Sierra Morena. Sebastiani entró en Jaén el día 23.El día 24 el general Víctor en Córdoba. El 28 el mismo Sebastiani entra en Granada. El 1 de Febrero Víctor entra triunfante en Sevilla mientras repicaban las campanas. El 4 llegan las tropas a Puerto Real, el 5 al Puerto de Santa María y el 7 a Chiclana. Una fuerza de sesenta mil hombres habían entrado en Andalucía.
Víctor sitúa la línea del sitio entre Rota, el Puerto, Puerto Real, Chiclana y el poblado de Sancti Petri.
Alburquerque tomo la decisión de proteger Cádiz e inicio la marcha hacía el sur perseguido por los dragones franceses. El ejercito de Extremadura a su paso destruyo todo cuanto podía serles útil a las tropas francesas, almacenes de grano, puentes y defensas, lo que colaboró a la miseria de los ciudadanos que quedaron en la población puertorrealeño. Las tropas francesas establecen su campamento en el pinar de la Algaida, mientras que el general Víctor fija su centro de operaciones en el Puerto de Santa María, y solicita el reconocimiento de José Bonaparte y la rendición, a lo que la Junta local contesta: “la ciudad de Cádiz fiel a los principios que ha jurado no reconoce otro rey que al Sr. Don Fernando VII. Cádiz, 6 de febrero de 1810 Francisco Javier de Venegas».
El territorio francés conquistado queda dividido al modo francés, prefecturas y comisarias. La prefectura del Guadalete con capital en Jerez de la Frontera, absorbe los pueblos de la bahía. Al frente comisarios que juramentaron a favor del Bonaparte por enriquecimiento personal, como dice Toreno o por salvar la vida, hombres de ideas afrancesadas que no dudaron en abandonar al monarca español Fernando VII. Pero esta acogida favorable a los franceses por parte de las autoridades locales fue desapareciendo ante las férreas medidas que se les imponía al pueblo puertorrealeño, encontrar suministros, hospitales, lazaretos, alojamientos y medios económicos que dejaron extenuados a una población desolada. Los hombres jóvenes en edad de luchar fuera de las ciudades, familias destrozadas, robos, violaciones tanto por los franceses como por algunas partidas de guerrilleros y desertores. Iglesias y conventos expoliados, destruidos y usados como establos. Casas confiscadas por los alojamientos forzosos, las mejores viviendas para los oficiales el resto con todo lo que estas contienen, ropa, menaje, comida y animales para la tropa.
“Todos los individuos tengan la puerta de sus casas abiertas y francas para admitir gustosamente a las tropas francesas”
Los suministros y las contribuciones era la labor fundamental del regidor de la villa. Establecer almacenes de harina, leña, vino, aceite, vinagre, carne, pan, cebada y paja para los ejércitos de ocupación y procurar que se guardasen los granos suficientes como simiente para la próxima cosecha. Bestias grandes y pequeñas, carretas, piedras de molino, colchones, camas, hilas, pieles, jergones y mantas. Interminable la lista de productos requisados y pedidos de forma continúa por la Junta de Subsistencia, la mayoría de las veces bajo la amenaza y la tortura.
Perder la intimidad y la vida, sentirse forzados a los espectáculos de toros, ferias y salidas procesionales, juramentos de fidelidad por los que se sienten desprecio, fueron parte del sometimiento.
Cuando la guerra termina, más de trescientos mil españoles han muerto, la mayoría hombres jóvenes incapaces ya de crear un proyecto nuevo para una nueva España.
El protagonismo que merece en el episodio constitucional del Doce, es el de la muestra de valor y coraje, aguante y capacidad de resistencia demostrado en aquellos días en que se convirtieron en el campo de batalla, en el escenario bélico que mermo su población y su economía. Hombres de bien que no han sido bien tratado por los recuerdos.
Puerto Real fue el límite de la defensa, el destino o las propias fortificaciones dejaron a unos dentro y a otros fuera de la vida, unos aplastados por los feroces enemigos y a otros aunque sitiados, ocupados en la política y sin los agravios de verse obligados a sobrevivir.
Porque seguramente el lugar más terrible de la guerra, el escenario más triste, es aquel en el que el enemigo se asienta, para sacudir y asediar a otros pueblos cercanos. Esa tierra ocupada, zona cero y límite entre la libertad y el dominio, soporta todas las embestidas. La de la frustración de los que atacan una y otra vez a las ciudades que quieren ocupar, y la de la presión de los propios ocupados que ven que en nombre de no se que ideología liberal, arrasan, destruyen y dejan a la población en las más absolutas de las miserias.
UNA VILLA ILUSTRADA
FUNDACIÓN DE LA SOCIEDAD ECONOMICA DE AMIGO DEL PAIS EN PUERTO REAL “ POR LA INDUSTRIA LA ABUNDANCIA”
Solicitud al Rey Carlos IV de los siguientes hombres ilustrados de la villa de Puerto Real y con el aporte económico de vecinos adinerados de la misma villa:
•Dº Antonio Gálvez
•Dº Francisco Guerra de la Vega, tesorero.
•José Antonio Gutiérrez de la Huerta.
•Dº Ignacio de Roo
•Dº José Joaquín de Guimil y Cameño.
•Dº Esteban Herrero y Freire, Censor
•Dº Lorenzo Pereira y Vargas, secretario
•Dº Andrés Ruiz, contador.
•Director el Obispo de Cádiz
•Sustituto del Director el vicario de la villa Dº Diego Salinas.
El objetivo era el fomento de la riqueza de la villa y el enriquecimiento intelectual y cristiano de sus habitantes. Fundamentalmente desde tres vertientes, el de la agricultura, el del fomento de la industria a través de las nuevas tecnologías y descubrimientos procurando que llegaran al conocimiento de todos, y procurando desarrollar el comercio y el cálculo político en beneficio de la población.
Horario de las reuniones que se celebraban en el Ayuntamiento:
•Durante los meses de Noviembre, Diciembre, Enero y Febrero a las tres de la tarde.
•En los meses de Marzo, Abril, Septiembre y Octubre a las cuatro de la tarde.
•En los de Mayo, Junio, Julio, y Agosto a las cinco de la tarde.
Se abrió una escuela para niñas necesitadas en las que se les enseño a tejer, hilar y coser. Se ofertaron premios y becas para los jóvenes que presentaran rasgos de ingenio y agudeza y expusieran los mejores trabajos.
El 30 de Mayo de 1597 Felipe II resolvió por Real Cedula que se hicieran dos fuertes en la parte más estrecha de la bahía, fuertes del Puntal y Matagorda. Hasta ese momento, la bahía estaba desguarnecida, solo el baluarte de San Felipe y las propias murallas de la ciudad podían contener un posible ataque.
El antiguo baluarte del Puntal construido por el adelantado Mayor de Castilla, había sido destruido en 1596 y era preciso no solo reconstruirlo, sino hacer frente a él un fuerte capaz de cubrir con sus fuegos cruzados la entrada y salida de los navíos.
El ingeniero Rojas llegó en 1607 con el propósito de levantar dichos fuertes, de forma que en su construcción se adelantaran lo más que pudiera sobre la bahía para estrecharla.
Para Matagorda, un millón de pinos procedentes del término de Puerto Real se cortaron para hacer un estacado que sirviera de cimientos. Sesenta mil ducados hacían falta para la construcción, mínimo diez mil para echar los cimientos antes de que llegara el mal tiempo y se estropearan lo pinos cortados. Del resto solo veinte mil que resolvió conceder el Consejo de Guerra por parte del Rey. Lo demás, lo libraría a plazos por mediación del conde de Lemos.
En el reinado de Felipe III, en 1612, aun estaban las estacas sin cimentar, estacas de dieciséis palmas de largos, sesenta mil estacas clavadas sobre el fango hasta encontrar tierra firme. Esto no fue necesario en el de Puntales, las estacas se asentaban en suelo arenoso a dos brazas bajo el agua y con seis carretadas de cantos grandes, como se hizo en el Puente Suazo, quedo solventado.
Solo cuando Cádiz se sintió amenazada por la flota holandesa fue cuando se llego al acuerdo de terminarlo, muerto ya Cristóbal de Rojas el nuevo ingeniero Julio Cesar Fontana mando rectificar el proyecto.
El de Puntales, retirarlo quince pies tierra dentro. Los alojamientos y cuartos que sobresalían veinticinco pies sobre los parapetos, hubo que cambiarlos, lo mismo que los suelos hasta el momento de madera por los de piedra más resistente a la humedad y a la sal evitando así que se pudrieran como había ocurrido en el Castillo de Santa Catalina. No se permitió el uso de tejas por su fragilidad, sustituyéndolas por techos abovedados enlosadas sobre las que se colocaría piezas de artillería, nueve hacía el canal con sus troneras a dieciocho pies sobre el agua, ajustadas al mar y al cantil del fuerte como lo hacían en los barcos. Las garitas situadas a la altura de la muralla para evitar la escalada y hechas de madera y no de obra para facilitar su reparación.
Y mientras el de Puntales se terminaba, aún a mediados del XVII, el de Matagorda seguía estaqueado, aunque se había asentado la madera con piedras y levantado la cortina de la banda de tierra. También estaban realizadas doscientas varas de calzada para el acceso hasta el fuerte de un total de doscientos setenta varas.
Juan Hurtado, asumió la dirección de la obra, y las entendió como dos torres atalayas. Las terminó en tres años por cuarenta y nueve mil novecientos cincuenta ducados. La obtención del dinero, un impuesto sobre el pescado a toda la población de la villa al cuidado del Juez de las Torres.
Matagorda quedó sobre un terreno compuesto de cascajo, arena y lodo que quedaba cubierto en la pleamar. Cuando el mar bajaba, la calzada lo unía con Puerto Real.
Contaba con un frente que miraba al canal, un segundo cuerpo agregado a su frente de tierra con almacén de pólvora, cuerpo de guardia y un cuarto para un oficial. A mediados del siglo XVIII había en todo el castillo dieciocho cañones, al frente del canal cinco. Los de este frente se combinaban con los del Puntal, de forma que un barco que se cruzase entre ellos no podía dar su costado a las baterías y no podía emplear sus cañones. Dentro del castillo las dependencias eran una capilla, la casa del castellano, la Santa Bárbara, cuartos para oficiales y tropa y almacenes.
Hasta el 22 de Abril de 1810, el fuerte de Matagorda continuó en manos aliadas, reconstruido por una brigada de ingenieros ingleses. Sin embargo el general Víctor estaba obsesionado con tomarlo y desde allí bombardear Puntales. Cuando finalmente cayó, después de dos meses de ataque, y más de sesenta y cuatro muertos, lo único que consiguieron fue un duelo de artillería intermitente.
El otro fuerte, el de San Luis, estaba situado a orillas del caño del Trocadero. Aunque existiese con anterioridad, la reconstrucción del mismo, según Adolfo de Castro, se debió a un grupo de soldados franceses que estaban en Cádiz en 1706, a causa de la Alianza entre España y Francia durante la Guerra de Sucesión. El gobernador de Cádiz, Marques de Valdecañas, los destino a los castillos del Puntal y Matagorda, y a un grupo de ellos le designo la tarea de reformar el Fuerte de San Luis. Lo que en un primer momento solo fue un reducto de lodo y estacas, fue revestido con cantería, proveniente de las Canteras de Puerto Real. Se logró con su ubicación impedir que si algún barco había logrado entrar en el saco de la bahía continuara en su avance.
La dificultad de este fuerte, era lo bajo de sus lienzos o muralla y que al ser rectos y no curvos no resistía la fuerza del mar. La plaza de armas, las habitaciones y los almacenes eran tan bajos, que en las grandes mareas quedaban llenos de agua. El fuerte, se convertía en una isla en la pleamar. A mediados del XVIII veinte cañones defienden desde San Luis la entrada del Trocadero.
Antes de que los franceses llegaran en 1810, los fuertes fueron destruidos intentando evitar que lo usaran para disparar a Cádiz.
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