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CARNAVALES DURANTE EL SITIO DE CADIZ:1810-1812

Publicado el 13 de febrero de 2010 en por Hilda Martín, sin comentarios.

Carne levare, quitar la carne en Cuaresma, o Carrus navale barco de rueda con el que se conmemoraba la llegada de la primavera en la antigüedad y que termino por ser un momento de desenfreno popular que se rescatará en el siglo XVIII a modo de carrozas.

Como un Carpe Diem infinito en el tiempo, la fiesta renace en el Medievo como respuesta comprometida que encerraba una protesta clara, ir contra las duras restricciones de las disposiciones cuaresmales. En definitiva y como Caro Baroja expuso en su estudio sobre el carnaval, no se puede concebir el carnaval actual sin este origen que mezcla lo religioso con lo profano, (encierro, ayuno y abstinencia). Disposiciones solo salvadas ya en el XVI con la compra de algunas bulas papales que tanto ayudaron a la construcción de un falso e inexistente purgatorio.
La Corte veneciana, elevo el tono artístico y entró en los lugares señoriales, en los palacios y casas nobiliarias, quedando de forma plausible, que pronto se diferenciaron dos formas de celebración la más popular y castiza y la que pertenecía como siempre a las clases más populares que aprovechaban como hoy, para hacer crítica social.
Por eso llegaron las restricciones. En documentos como las Constituciones Sinodales de 1591 y los Estatutos del Seminario de Cádiz en 1596, quedan patente que las celebraciones y festejos carnavalescos rayan en lo mundano y que por ello las clases religiosas deben quedar al margen de ellas.

A partir del siglo XVIII, las órdenes y decretos, intentando acabar con estas fiestas son frecuentes. En 1716, se prohíben los bailes de mascaras por orden de la Corona aunque como en tiempos de guerra, las ordenes son desobedecidas y en patios, corralas y calles, la gente lanza flores y confetis en un frenesí continuo de olvidar su mala y penosa existencia.
A principios del siglo XIX, la Guerra recorre España, las huestes enemigas aniquilan cuanto encuentran a su paso, pero el aliciente de la fiesta que proviene de lejos, del horizonte de la historia, reclama un hueco en la mente aletargada de los hombres que luchan o que temen luchar en breve. Es la dicotomía de ser hombre, la no renuncia a las tradiciones más enraizadas aunque los acontecimientos pidan otra cosa, pidan un respiro para suplicar por la paz. El Cádiz asediado celebro sus carnavales como si nada ocurriera, inaugurando cafés de modas y tabernas de renombre.

En aquellos días de carnaval, celebrados o no por la contienda, debieron aparecer con más carácter crítico y político que nunca, letrillas y poemas subversivos, encontrando en la guerra temas y argumentos apropiados para exaltar y hacer oír los ánimos encontrados de la población ocupada.

Canciones, poemas y letrillas que junto a dibujos irreverentes nos muestran los más indignos sentimientos del emperador francés y que sirvieron para ensalzar el valor y la entrega de aquellos españoles anónimos que unidos lucharon contra un enemigo común. Unir a esta ferviente muestra popular de rechazo, bailes de mascaras y frenesí en las calles es alto arriesgado, pero entiendo que en el verdadero origen del término Carnaval, subyace desde tiempos remotos la idea de la critica y del sarcasmo desde la parte oculta de un disfraz.
Parece que el carnaval, proveniente de Italia, estuvo admitido en España desde 1605 y en pueblos y ciudades permaneció hasta el reinado de Felipe V que lo prohibió volviéndose a reanudar con Carlos III en 1715.

Mesonero Romanos en sus en sus “Escenas Matritenses” y pintores como Goya en su famoso cuadro “El entierro de la sardina” nos indican la importancia que cobro en el siglo XIX.
Familias de comerciantes italianas como los de Paoli, Bianchi, Soprani o Rossety que afincadas en Cádiz buscaban un lugar bien comunicado con África, aportaron a la ciudad de Cádiz elementos e influencias de ciudades como Venecia y Génova. El monopolio conseguido por la ciudad en el comercio con América, la enriqueció de tal modo que el lujo en la celebración de sus carnavales no se diferenciaba de las grandes ciudades italianas como Venecia, Roma o Niza. Máscaras o caretas, vistosos disfraces, jeringas de agua, caramelos arrojadizos (confetis) fueron asimilados como algo propio.
Algunos historiadores alegan que la costumbre de lanzar agua, nació cuando los lugartenientes trataban de mantener encendida una vela, mientras caminaban por las calles durante el martes de carnaval. Aquellos que lograban mantener encendidas sus velas, hasta que aparecieran los primeros destellos del amanecer atraían la buena suerte.
Muchos venecianos suspicaces consideraban que la suerte no merecía ser distribuida equitativamente, por eso buscaban astutamente apagar las velas de sus semejantes
Junto a esto, llegaban ritmos americanos como las habaneras, tangos y colombianas que esclavos negros entonaban en la ciudad. Mientas los bailes de disfraces se convertían en el eje social de las fiestas para las clases más pudientes.
La máscara permitía romper el orden social, la condición social de las personas desde el anonimato permitía el enfrentamiento, se criticaba y satirizaba a la sociedad y la autoridad, todo recrudecido por el enaltecimiento que provocaba el consumo desmesurado de vino y comida.
El temor a los desordenes provocados por las clases populares en las calles llevo a decretar normas y prohibiciones que pudieran acarrear conflictos.
El gobernador de la ciudad Manuel Lapena el 24 de Febrero de 1808, consciente de la llegada de dichas fiestas, permitía las diversiones, música, bailes que ocasionaran distracción y recreo de las cansinas y pesadas tareas diarias, pero nada podía permitirse que provocara escándalos, sobre todo en lo concerniente al consumo de vinos y licores que provocaban la degradación y la falta de decoro. La música, las canciones, echar agua por los balcones, polvos, lárgalos o estopas encendidas, dar golpes con vejigas, hacer fuegos o artificios, estaba duramente castigado bajo pena de diez días de cárcel y veinte ducados de multa si se es hombre y solo diez ducados si se trata de una mujer.
La ronda de los comisarios de barrios, empezaba bien temprano por los cuarteles para evitar y frenar los posibles desordenes.

“Decreto:

En todos tiempos permitirá el Gobierno las diversiones de música, bailes y demás honestas entre cualesquiera clase de persona proporcionalmente, para el recreo distracción de sus tareas y ocupaciones; pero en ninguno las que puedan traer perjuicios de quimera, degradación o escándalos; por dilación podrán tenerlas las familias en sus casas, la de sus parientes o amigos o conocidos los días de Carnaval según la costumbre antigua y general del Reino, siendo con modo, orden y decoro en expresiones y acciones sin embriagarse ni cometer excesos.
En consecuencia, ni de día ni de noche, dentro de las propias casas o calles podrá persona alguna sea de la clase o condición que fuese, andar con alboroto, ni música, solo ni en cuadrilla, echar agua por balcones, ventanas o azoteas, polvos o sacos, poner lo que vulgarmente llaman largalos, estopas encendidas, dar golpes con vejigas, hacer fuegos o artificios pueriles, imprudente o rusticas y de resultas desagradables, bajo la pena de diez días de cárcel y veinte ducados de multa, indistintamente si es varón, con las demás que hubiese lugar a proporción de las circunstancias, edad y perjuicios que cause, y si es del otro sexo, igual responsabilidad a los daños y diez ducados de multa.
No duda S E del celo de los caballeros Comisarios de Barrio en el desempeño de sus comisiones se servirán como siempre en los días y noches del Carnaval, rondar por sus cuarteles, para que sus recomendadas representaciones contengan los frecuentes desordenes, imitándoles sus cabos como corresponde al cumplimiento de sus deberes, dando cuenta oportunamente de cuanto ocurra y sea digno de pronto remedio. Imprimase y fíjese en los sitios públicos” 24 de Febrero de 1808. Manuel de Lapeña.”

El lema de esta festividad era vivir y dejar vivir. Todo lo que ordinariamente estaba prohibido, en ese momento se permitía. Dentro de las casas de familia, las barreras sociales que diferenciaban a amos y criados desaparecían, teniendo prácticamente licencia para decir y exponer a sus señores verdades que podían resultar incomodas. Las leyes y los cargos públicos eran caricaturizados, se incitaba al baile desenfrenado y a todo tipo de placeres. La Iglesia se oponía, monarcas y ministros lo prohibieron, otros lo permitieron pero todos lo reprimieron.
Los bailes, tan amados y queridos por las clases populares y que tanto bien ha hecho a esas clases privilegiadas que encontraron en ellos una forma poco cruenta de que la masa popular echara al aire sus deseos de revuelta contra estas, fueron duramente criticados por la iglesia. Bailes calificados como indecorosos por lanzar a lo alto a las mujeres y doncellas que en los ademanes enseñaban hasta las inglés, enseñando sus hermosas piernas y sus botines. Y que decir de las letrillas de las canciones, a las que acusan de arrastrar al impudor y a la lujuria al sexo femenino.

“Hay durante el Carnaval una mezcla completa de rangos de maneras y de espíritu; la masa y los gritos y las palabras de doble sentido y loas peladillas que se vierten indistintamente sobre los carruajes que pasan, confunden a todos los mortales, ponen la nación patas arriba, como si no existiera orden social alguno” Madame Stael 1805 Roma
La justicia social que se intentaba implementar en aquella festividad era la contrapartida del poder opresivo que ejercía la burguesía sobre las clases más humildes. Esta especie de justicia popular prefiguraba un instrumento de control social frente a las arbitrariedades de los más poderosos, bajo el anonimato del enmascarado. Los carnavales no sólo fueron divertimentos folclóricos, en los cuales reinaba el jolgorio, sino que también abrieron el camino a la crítica política.

Sin lugar a dudas, la situación de ocupación y sitio del país, promovió la aparición de cantos e himnos en los que aunados militares y paisanos integraron un pueblo en armas. Dirigidas a Napoleón como endiablado individuo que sometía a todo un pueblo, al ejercito francés que ultrajaba mujeres indefensas y cometía las peores abominaciones contra los españoles. Letras al idealizado Fernando VII, que como símbolo entronizado del patriotismo español todo se le excusó y se le perdonó.
De estas composiciones, muchas escritas por grandes músicos y poetas como Arriaza y Fernando Sor , y otras que surgiendo del espíritu contrariado de los vecinos de los pueblos aplastados por la fuerza, estaban llenas de dolor y de rabia, lo mismo que de graciosa y sarcástica ironía. Muchas de estas composiciones y letras de ávida crítica política sonaron con fuerza sobre todo en los días de carnaval. Con las imprecaciones, se mezclaban las chanzas de los cantares predominantes humorísticos muchos de ellos iniciados por los gaditanos. Esta manifestación musical espontánea resultó estimulante para los valores patrióticos que acompañadas por pasquines, caricaturas y carteles en los que la realidad del momento se mostraba de forma ingeniosa, pudieron circular por las calles de las ciudades en fiestas.

Escribía Alberto Ramos Santana en la historia del Carnaval de Cádiz:
“Tengo para mí que la historia del Carnaval es la historia de una lucha por la libertad, o lo que es lo mismo, de una lucha por la supervivencia. Repasar las disposiciones emanadas desde el poder sobre el Carnaval, es leer una larga relación de prohibiciones y cortapisas que tratan de hacer desaparecer, o controlar una manifestación popular que sólo se desarrolla en un marco de libertades públicas”.
Podemos enfrentarnos al Carnaval de principios del XIX a través de Goya, en ese diálogo intenso del pintor con lo popular. “El entierro de la sardina”, fin del carnaval e inicio de la Cuaresma el miércoles de Ceniza, aunque lo que se enterraba era la mitad de un cerdo abierto en canal, como despedida a los placeres gastronómicos ante el ayuno inminente de los tiempos cuaresmales. Se nombraba a la sardina, pero se sobreentendía al cerdo, como un disfraz irónico de la misma despedida de las fiestas.

Vayanse los franceses
en hora mala;
que Cádiz no se rinde
ni sus murallas.

Con las bombas que tiran
los fanfarrones
hacen las gaditanas
tirabuzones.

Con las bombas que tira el
mariscal Soult,
hacen las gaditanas
mantillas de tul.

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Tanta fatiga, Soult, tanto sudar,
Tanto estrépito horrible de cañon,
Tanta cureña, obus y morteron,
Tanta muerte y estrago amenazar.

Tanto bullicio y tanto amontonar Bala,
granada, bomba y salchichon,
Tanta amenaza en tono fanfarron,
Tanto bajar, subir, parlamentar

Tal trápala y bullicio en qué paró?
La gran ciudad de Alcides lo dirá,
Pues publicar su gloria es su deber.

La luna treinta vueltas completó,
Y al cabo sin decirnos dónde vá
Nuestro gran mariscal echó á correr

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Ea, muchachas, bailad
y en Cádiz reine el placer,
que a los franceses aún
les estoy viendo correr:
y cuando cuenten allá
cómo les fue por aquí,
tenga la seguridad
de que los echan de allí. Jesús, deme usté un ochavito! ¡… pa vestir a mi churumbelito! ¡Ay, Jesús, ay que risa me da ver las bombas que nunca hacen na!

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