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LOS HOSPITALES DE SANGRE

Publicado el 10 de abril de 2010 en por Hilda Martín, sin comentarios.

Sobre los hospitales de sangre o ambulantes y los fijos

La consecuencia más grave de una guerra son los heridos, atenderlos y procurar su recuperación era cosa de los hospitales pero estos de por sí escasos y mal equipados, empeoraban si se trataba de hospitales de campaña. Lo fundamental era que estos fueran fijos y para ello, ayuntamientos y juntas provinciales pusieron en manos de doctos cirujanos, establecimientos y casas para que se utilizaran como centros de asistencia. Los hospitales ambulantes o llamados de sangre, se situaban a veces en el mismo campo de batalla lo que multiplicaba el riesgo de perder a los heridos caídos en combate.
Los hospitales generales, aunque distantes, si contaban con salas dedicadas a estos heridos. El traslado a los mismos era altamente peligroso para el enfermo, prefiriendo hacerse su evacuación en andas que en carretones.

Higiene en los hospitales
En el momento de elegir un recinto para convertir en hospital general, se preferían los lugares donde el aire pudiera salir y entrar con facilidad, los claustros de los conventos regulares fueron los preferidos. En ellos, se habilitaban grandes salas donde hubiese mucha luz natural para realizar las operaciones. Estaba claro que la ventilación era el mejor método para renovar los aires pútridos de estos centros y por ello en vez de tabiques entre las distintas salas, se optaba por simples mantas o telas.
Las salas de los heridos, debían estar separadas entre si lo suficiente como para evitar la expansión de enfermedades contagiosas, caso de la disentería, enfermedad muy normal entre los ejércitos españoles que asociada a alta fiebre, diarreas y ulceraciones en la boca, encontraba en el consumo de agua en mal estado su foco transmisor.

Podríamos concretar los siguientes puntos como los imprescindibles aunque no siempre llevados a cabo: limpieza, separación entre los enfermos atendiendo a su dolencia, cuidado en la colocación de las camas al menos cuatro pies entre estas, vaciado de los servicios dos veces al día y cubrir el suelo con arena que absorbiera cualquier fluido.
Merece mención aparte el trato dado a los cadáveres. Se exigía fueran retirados una vez el cirujano o médico los hubiera revisado. Esta revisión debía hacerse con prontitud para que los vapores que salían de los muertos no contaminaran las salas. Luego colchones y mantas se apartaban y se ventilaban las salas al menos dos días, regando el suelo con abundante vinagre y haciendo sahumerios con flores aromáticas como lavanda, romero y alhucema.

SUELDOS DE LOS EMPLEADOS EN LOS HOSPITALES DE CAMPAÑAS: 1811
Medicina: Sueldo Anual
•Primer Médico: 18000 reales de vellón.
•Médico Consultor: 14000 reales de vellón.
•Médico de Número: 9600 reales de vellón
•Practicante Mayor: 6000 reales de vellón
•Practicante de número: 5000 reales de vellón.

Cirujano: Sueldo anual

•Primer cirujano del Ejercito: 18000 reales de vellón
•Consultor:14400 reales de vellón
•Primer ayudante:12000 reales de vellón
•Segundo ayudante:9600 reales de vellón
•Practicante Primero:5760 reales de vellón
•Practicante segundo:4800 reales de vellón
Farmacia

•Primer boticario del ejército: 18000 reales de vellón.
•Primer ayudante: 12000 reales de vellón
•Segundo ayudante: 7200 reales de vellón
•Practicante: 5760 reales de vellón.

Los hospitales de guerra en la zona libre y la ocupada en nuestra provincia

Los servicios sanitarios y hospitalarios disponibles durante el conflicto para la atención a los heridos por armas de fuego y para todos los prisioneros enfermos y débiles que necesitaban de atención sanitaria, tanto en la zona ocupada como en la libre, eran insuficientes.
El Hospital de Chiclana aparece como el ejemplo más claro de la necesidad de contar con un establecimiento sanitario en la zona ocupada. Las tropas francesas mandadas por el general Víctor, acantonadas en el Pinar de los Franceses se encargaban del bloqueo a la Isla y a Cádiz. Actas capitulares del ayuntamiento de Chiclana recogen con asiduidad, las peticiones por parte del Estado Mayor Francés de pertrechar de forma adecuada el hospital que recogía a cientos de soldados heridos franceses y prisioneros españoles. El mismo cabildo pide ayuda a las poblaciones de Vejer y de Conil para hacer frente a las demandas continuas del material que los cirujanos pedían, hilas, camas, colchones. El gasto a la municipalidad de Chiclana era imposible de soportar sobre todo si tenemos en cuenta que a la vez debía atender por obligación a las tropas francesas y al Cuartel General.
En la zona libre en el hospital de San José, en San Fernando, recayó la responsabilidad de atender a los heridos, hasta la apertura en la población de San Carlos del nuevo hospital. Dº Miguel de Armida, regidor, consiguió que se destinaran los arbitrios de propios para sufragar las necesidades de estos establecimientos.

En Cádiz, desde la rendición de la escuadra francesa en la bahía, los presos franceses se ubicaron en pontones flotantes y en el castillo de Santa Catalina atendiendo a su escalafón, Pero el número de heridos que llegaban de todas partes hizo necesario la ampliación del Hospital de la Segunda Aguada. Se recogen en los partes diarios el número de heridos y enfermos por graduación. Oficiales de Marina, oficiales del ejército, tropa de marina, tropa del ejército, marinería y otras clases. La clasificación que de ellos se hace responde al reparto en las distintas salas: Medicina, cirugía, sarna y unciones. Aportando datos sobre los que amanecen en cama, las entradas, las salidas, los muertos y los efectivos en cada momento.
El Hospital Real, continuará ejerciendo como eje aglutinador del saber científico en los aspectos médicos.

Hospital de San Carlos

Dentro de la nueva población de San Carlos y como continuación del arsenal de la Carraca, Campillo, Patiño y Somodevilla en nombre del Carlos III levantaron un edificio para albergar a los frailes franciscanos que acudían a diario desde Puerto Real a decir misa a los obreros de la Maestranza. A dichos frailes, se les encomendaría la iglesia parroquial que luego pasaría a ser el Panteón de Marinos Ilustres.
Por consejo del ingeniero Antonio Prat, se habilitó los edificios de esta nueva población para albergar el gran número de tropas en la ciudad. Muchos heridos de uno y otro bando, proveniente de Bailen y de la rendición de la escuadra francesa en la bahía.
A partir de 1805, los cirujanos militares que dotaban al hospital tuvieron cierta participación en las decisiones de los mismos y en la administración de sus bienes. Sin embargo la normativa anterior del año 1739, exigía que el Cuerpo de Intendencia administrara los gastos, sueldos, personal, necesidades, personal y víveres. Voces en la prensa y en los escritos de la época como la de Calvo de Rozas, nos describen hospitales abandonados a su suerte, enfermos que se dejaban morir por falta de atención, medicinas y personal que les atendiera, sin controladores ni comisarios y sustentado solo por la caridad que el monasterio cercano les sufragaba.
Será el doctor Villarino, quien a expensas de perder su trabajo se atreviera a publicar esta carta en El Conciso. Gracias a esto, Esteban Gómez diputado en Cortes, dejo al descubierto una red de corrupción a la que quisieron poner freno varios diputados más como Obregón, Ostolaza y Arguelles. El Conciso por su parte abrió una suscripción para ayudar al hospital y los enfermos. La comisión de inspección demostró que todo lo que se contaba era cierto y se pidió el cese de todos los empleados. Sería Arguelles quien el 20 de Junio de 1811 creo la Superintendencia del Ejército, acortando las libertades y competencias tomadas desde el ministerio de la Guerra. Se hallaba contiguo a la Facultad e Medicina y contaba con todas las dependencias necesarias para realizar la instrucción práctica de los alumnos de medicina. La Iglesia del Santo Angel, se hallaba dentro del mismo hospital.
Hospital de San Juan de Dios

Se le conocía como Hospital de la Santa Misericordia. La primera fuente que habla de su existencia es de 1505, un censo a su favor salvado de la invasión inglesa.
Estuvo a cargo de la Comunidad de San Juan de Dios, siendo en sus orígenes muy pobre e insuficiente para atender a los necesitados pues no contaba más que con veinte camas dispuestas del siguiente modo: diez para calenturas, cuatro para convalecientes, cuatro para heridos y dos para mujeres. Estaba prohibido admitir enfermos incurables, enfermos contagiosos o con síntomas como llagas, bubas que podían hacer sospechar de alguna de esas afecciones epidémicas. A principios de siglo debido a la fiebre amarilla y a los embates de la guerra, existían 120 camas y la atención medica mejoró de forma notable sobre todo por los ingresos que este establecimiento poseía y que procedían no solo de las limosnas sino de las propiedades que tenía y que les rentaban grandes beneficio, como el Teatro Principal de la ciudad.

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