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ENTERRAMIENTOS Y CEMENTERIOS

Publicado el 5 de junio de 2010 en por Hilda Martín, sin comentarios.

ENTERRAMIENTOS Y CEMENTERIOS

El problema secular de los enterramientos en el interior de las ciudades, y más concretamente, dentro de éstas, en el interior de las iglesias, se da desde mediados del siglo XVIII. Numerosos médicos y científicos, franceses en un principio y más tarde del resto de los países en los que las Luces llegan a tener alguna implantación, insisten en la exigencia por motivos de salud pública de transferir los cementerios fuera de las ciudades .Al mismo tiempo, amplios sectores de la iglesia católica apoyan tales iniciativas, aunque a menudo haciendo primar los intereses puramente litúrgicos o rituales o el anhelo por parte de un cierto sector avanzado del clero de reencontrar la pureza del cristianismo primitivo sobre la cuestión de la salubridad de los ciudadanos y la propia reforma de la ciudad.

PERJUICIOS DE LOS ENTERRAMIENTOS EN LAS PARROQUIAS

En primer lugar, la exhalación de un cadáver putrefacto era muy peligrosa ya que acarreaba una peste que se extendía rápidamente, sobre todo cuando los enterramientos se producían en fosas comunes. El tener que abrir estas fosas continuamente hacía salir unos efluvios que provocaban dolores de cabeza, calenturas y muerte al bajar a las criptas donde el aire enrarecido no se ventilaba nunca. En segundo lugar, todos los escritos hacen referencia al de por si ya viciado aire de los templos, donde la humedad, la cerrazón de la línea curva de su cabecera, sus pocas y normalmente cerradas puertas impedía la entrada de vientos o aires frescos. Esta situación se intentaba remediar con el uso frecuente del incienso, sin embargo la altura de los techos y bóvedas de las iglesias, impedía acabar con la malignidad, solo en todo caso paliaba el hedor.

Por todo ello se prohíbe que bajo ningún pretexto, ninguna persona laica o religiosa que no tuviera un permiso especial pudiera enterrarse en una iglesia. Los curas párrocos, tenientes y eclesiásticos debieron asumir el evitar enterramientos en las capillas públicas o particulares, ni en ningún lugar cercado donde se juntaran personas para orar. Sí tenían autorización expresa para hacerlo, caso de las congregaciones, debían fabricar cuevas embovedadas y soladas con grandes sillares de al menos ochenta y cuatro pies cuadrados de luz para una familia. Los deanes y canónigos, capitanes y tenientes generales que tenían la potestad de pedir enterramiento en el claustro contiguo a la catedral, podían hacerlo siempre que se fabricasen cuevas para ellos. Por debajo de estas, habría otras para los racioneros, párrocos y eclesiásticos de la Iglesia catedral.
Una vez realizado estos enterramientos, debía reparase de inmediato el pavimento para evitar la exhalación de los cadáveres.

LOS NUEVOS CEMENTERIOS Debían estar cercado con pared de mampostería, ladrillo o tapia de tierra enterrando en cercados cerrados. Del mismo modo debían tener una puerta fuerte y segura con su llave y cerrojo. Su ubicación debía hacerse en un sitio elevado y al norte de la población para que el viento del Sur, el más perjudicial para las epidemias, no arrastrara el aire hacía los vecinos.
Se plantaba una cruz y se hace hincapié, en que en esta zona estaban terminantemente prohibidas las ferias, los bailes, mercados, juegos y las asambleas de cualquier tipo, lo mismo que el arrojar inmundicias y basuras.
Se permite, que dentro de los cementerios, se abran espacios apartados señalados con un pórtico, incluso patios cerrados, donde se entierren a los eclesiásticos para que no se mezclaran con el resto de fieles.
Llegada la hora de dar sepultura a un cadáver, se conducía con la pompa fúnebre y ceremonia a la parroquia donde se celebraban las exequias según las había dejado dichas. Se cantaba Misa de cuerpo presente y si el entierro no se hacía hasta el día siguiente el cuerpo no podía permanecer en la Iglesia, este pasaba a un depósito que tenía cada parroquia hasta la hora del enterramiento. Durante los meses de Noviembre, Diciembre, Enero y Febrero la sepultura se hacía antes de las ocho de la mañana. En los meses de Marzo, Abril, Septiembre y Octubre antes de las seis y media; y en los de Mayo, Junio, Julio y Agosto antes de la cinco de la mañana.
Los sepulcros para los adultos debían estar separados de los de los párvulos como recogía el Ritual Romano. Los nichos estaban adscritos a cada parroquia que en definitiva se refería al barrio donde esta estaba inserta. Por ello, las bóvedas debían estar señaladas con el nombre de la parroquia a la que correspondía. Por último y antes de introducir el cadáver en el nicho, se realizaban las últimas exequias con la bendición de la sepultura. Por estas ultimas oraciones estaba prohibido dar ningún tipo de limosna a los capellanes a no ser que lo estipulado por las Misas.
Los capellanes encargados de los cementerios, debían así mismo visitar a los enfermos moribundos, explicar el catecismo y lograr la conversión de los no creyentes.
Es en este momento, cuando se empieza a permitir como compensación por no poder ser enterrados en el interior de las iglesias, la construcción de mausoleos familiares dentro de los mismos cementerios permitiéndoseles cerrar y poner escudos de armas, bustos, inscripciones, estatuas siempre siguiendo las reglas fijadas por el Real Arquitecto.
La existencia de una capilla decente dentro del cementerio favoreció la realización de las exequias en el mismo sin necesidad de trasladar al difunto hasta la Parroquia. Junto a esta debía haber un lugar cerrado donde colocar los huesos que se sacaran de las sepulturas.
Por último, se prohíbe la existencia de determinados arboles como los frutales, las vides, el heno, las hierbas, ni se amontones, piedras o maderos, de forma que no rompa la santidad que debía respirarse en ese recinto.

“pues sobre sus raíces estorban a los sepultureros para hacer las hoyas y perjudican notablemente a las paredes de las Iglesias, sus ramas forman uno como cubierto que detiene los vapores fétidos y estorba circule el aire con el desahogo que circularía estando abierto el cementerio a todos vientos, cuya disposición es mejor que otra cualquiera ”Benito Bails 1797

En el s. XIX la tendencia será completamente contraria. El romanticismo convirtió el cementerio en una especie de parque-jardín, concebido como si de un bosque se tratara donde la vegetación que rodeaba la tumbas era tan importante y sugestiva como los mismos monumentos. El cementerio se convertirá en un lugar de paseo donde sus calles y avenidas se asemejan a las alamedas y parques de la ciudad, y las tumbas a los monumentos conmemorativos de esta misma.

SAN JOSE
Se construyó en 1786 bajo proyecto de Torcuato Benjumeda, sobre una primitiva ermita. Siendo la primera parroquia construida en extramuros y pasando a ser cabeza del arciprestazgo de esta zona. Constituido como templo neoclásico, su carácter exento refuerza la armonía y equilibrio de sus medidas y proporciones. La planta es de salón, de tres naves. El crucero se cubre con una cúpula sobre tambor y pechinas. El exterior es de piedra vista con zonas encaladas, con dos torres gemelas en su fachada principal. La cúpula principal y las de los templetes de las torres se cubren al exterior con azulejos azulados
El cementerio de San José surge tras la promulgación de la Real Cédula de Carlos III en 1787 que ordenaba que los cementerios se ubicaran fuera de las ciudades, evitando la inhumación en las iglesias y parroquias, donde se sepultaba de modo y en lugar diferente según la posición social del difunto. Se pretendía sobre todo evitar los continuos brotes de epidemias y enfermedades que asolaban las ciudades. En el año 1800 se concluye la construcción de es te cementerio inaugurándose en el mes de Agosto del mismo años cuando se está produciendo en la ciudad la fiebre amarilla.
Sin embargo, la costumbre de enterrar en las iglesias no quedará desterrada hasta el año 1833 en la que una orden del Ministerio de Fomento lo prohibirá definitivamente. Toda la información sobre los enterramientos que se producen en este cementerio queda registrada en el libro de inhumaciones, donde por orden cronológico, se recogen el nombre de la persona fallecida, concretamente desde enero de 1816, domicilio y distintos apartados que van desde el tipo de nicho que ocupa y la procedencia del cadáver, Hospital de san Juan de Dios, Hospital Real de Marina, Hospital de Mujeres, Parroquias, Párvulos del Deposito General; a un resumen general del año.

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