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Las baterías defensivas de extramuros en Cádiz

Publicado el 12 de junio de 2010 en por Hilda Martín, sin comentarios.

Las baterías defensivas de extramuros en Cádiz
Santiago Moreno Tello

A través de la edad Moderna, dentro de las mejoras arquitectónicas y defensivas para la ciudad de Cádiz y su bahía, la zona de extramuros de la ciudad no quedó libre de este tipo de construcciones. Durante el siglo XVIII, dentro de las miras de Ignacio Salas, se mandó fortificar tres pequeñas baterías circulares que miraban hacia la otra orilla de la bahía. Fueron conocidas como la del Romano, la de Primera y la de Segunda Aguada.

Las baterías de Extramuros durante el siglo XVIII:
La fecha más temprana donde encontramos una referencia de las baterías de la parte externa de la plaza es 1724. Se corresponde con una construcción cercana al baluarte de Santa Elena, en el lugar conocido como Punta de la Vaca. Sin embargo no sería la única construcción. Mapas de la época sitúan desde la entrada de la ciudad por tierra hacia el istmo la batería de la playa de Santa María, tras el corral de Alejo; la del Romano, a unos 600 metros del baluarte de Santa Elena, frente al corral de la Vaca; la de la Aguada del Valenciano; y por último a unos seiscientos metros del castillo de Puntales dos pequeños fuertes que defendían la entrada desde la isla a Cádiz. Se les conocía como los Castillejos y en un futuro se construiría en dicho emplazamiento el fuerte de la Cortadura.
Un hito en la Historia de la ciudad fue el maremoto provocado a su vez por el terremoto de Lisboa de 1755. Según el Conde de Maule el camino del arrecife quedó inundado, por lo que seguramente las baterías sufrieran daños. De la batería del Romano sólo había quedado su gola. Tenemos constancia que en 1760 todavía subsistía la de la Aguada.
Una visión distinta del extramuro de la ciudad, así como de las baterías, nos lo da para años posteriores un mapa francés titulado Carte Hydrographique de la Baye de Cádiz de 1762. Se nos muestra un despoblado extramuros en el que, eso sí, se nos indica dos pequeños “fortines” en la borde costero de la bahía. Pudieran ser la batería del Romano y la Aguada, puesto que más a la derecha del mismo y antes de llegar al Castillo del Puntal nos encontramos con el Endroit de l´Aguade (Sitio o lugar de la Aguada).
Con la llegada a Cádiz de un nuevo Director General de Ingenieros, Luis Huet, en 1786 se realiza una nueva relación de construcciones defensivas. En dicho informe se nombra la Batería de Punta de Vaca (o del Romano), la de Primera Aguada, Segunda Aguada y la de La Victoria, ésta última cerrada por una gola y situada antes de llegar al castillo de Puntales.
Así, y con la situación política del momento de fondo –estando España enfrentada a Francia-, indicaba Huet en 1793 que “recuerda ser indispensable reedificar las baterías de la propuesta del 24 de marzo del 86 por razón de la guerra con Francia […] montando toda la artillería necesaria para su servicio”.

Las baterías frente a los intentos de invasiones y el ataque francés:
Al menos una década antes a 1808 las baterías estaban abastecidas y en funcionamiento. El porqué de dicha situación lo vemos con un par de ejemplos: en 1797 se repele desde la ciudad un ataque inglés. Tal es así la alerta que infundió dicho ataque que, un año después, los ingenieros Huet y Parreño, levantan un plano donde podemos ver la situación de las baterías del lado sur del istmo. Así, y tras varias décadas, volvemos a tener noticias de la Batería del Espaldón –Playa de Santa María del Mar-, la de San José, así como una en el Ventorrillo del Chato y otra en Torregorda. También nos indica que la batería de San José estaba a un kilómetro de la de Segunda Aguada.
El otro ejemplo hace referencia a como en 1800 la ciudad se salva de la invasión inglesa “gracias” a la epidemia de fiebre amarilla que venía sufriendo.
Un contemporáneo de la época nos da a entender dicha idea. Antonio Alcalá Galiano indicaba que la ciudad se preparaba a resistir los ataques ingleses con “las baterías de la costa y ciudad de Cádiz y numerosas cañoneras”. El ingeniero Antonio Hurtado el 23 de junio de 1803 presentaba el trabajo “Relación de las consistencia de la plaza de Cádiz y Fuertes de la Comprensión de esta Isla, cuyo nombre propio es el que antiguamente tuvo y ahora Isla de León”. En el mismo daba a conocer el estado de las fortificaciones, pero también el de su artillado. Gracias a dicho documento sabemos que la batería de La Victoria era “muy digna de tenerse en cuenta, y que podía contener hasta 14 cañones y algunos morteros”. Además sobre las baterías del Romano, Primera y Segunda Aguada nos indica que contenían cuatro cañones cada una.
Según Ramón Solís, y haciendo indicación a momentos antes a mayo de 1808, señala que “las baterías de la ciudad y la bahía, no cabe duda que estaban pertrechadas y artilladas con buen material […] en aquellos momentos –1808- estaba (Cádiz) sitiada por la escuadra inglesa”.
Otro documento donde se hace referencia del estado de las defensas de extramuros es aquel que, con fecha de febrero de 1808, el general Deprés escribe al Vicealmirante Rosilly. En el mismo, Deprés indica que se mantuviera lo más alejado posible de las baterías para defenderse de un posible ataque exterior o interior de la bahía.
Además debemos apuntar a la creación de nuevas pequeñas baterías conforme las necesidades de la guerra fueron exponiendo. Por ejemplo durante la batalla con la escuadra francesa en junio de 1808, nos indica Pérez de Sevilla, que el Capitán de Navío Antonio Prat y Prat, junto con marinería y material de artillería “formaron, dotaron y pertrecharon en la costa, habiendo construido una (batería) de 6 cañones en una noche”.
Entrando ya en 1809 todo nos indica que ocurre lo contrario. Por ejemplo el propio Alcalá Galiano nos comenta que a inicios de ese año la obra de la Cortadura había quedado prácticamente parada. Lo que fueron las primeras “alegres” jornadas de construcción del año 1808 se habían esfumado.
Dicha situación variará a lo largo de 1810, cuando las tropas francesas vayan acercándose a la bahía gaditana. Así, el istmo fue uno de los lugares más reforzados con guarniciones, pues conforme avanzaba el ejército napoleónico por la costa opuesta, el temor a un intento de desembarco entre Puntales y La Cortadura, desde Matagorda, iba creciendo. No debe extrañar que, como nos indica Pérez de Sevilla, se llegaran a movilizar a cerca de tres mil hombres en esta parte del extramuro.
Sobre las tres construcciones más características en los años que dura la guerra de la independencia, nos indica Solís que, las tres baterías circulares formaban una parte más del día a día del extramuros. Artilladas en el zona interior de la bahía continuaron valiendo para su defensa, junto al castillo del Puntal. En los años que dura el asedio cada una se componía de su cuerpo de guardia, repuestos de pólvora, eran de construcción sencilla y estaban cerradas por sus golas con un simple muro o rastrillo.
El gaditano en su obra, al hablar de las fortificaciones, señala desde el puente Suazo hasta Cádiz tres líneas de defensa. Las tercera se trataba de Torregorda y el molino Santibáñez. Aun así, nos indicaba el historiador que antes de llegar a las murallas de Cádiz nos podíamos encontrar “las baterías estables […] la llamada del Romano, en la Punta de Vaca, las de Primera y Segunda Aguada, un reducto y dos baterías que se habían construido posteriormente, emplazadas en dirección Matagorda, y el Castillo de Puntales […] A fin de evitar un posible desembarco se establecieron las tres baterías, denominadas Sierpe, Furia y Venganza”. Para estos años las tres construcciones más antiguas llegaron a albergar: dos cañones la del Romano, y cuatro para cada una de las otras dos.

Santiago Moreno Tello

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