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Los tumultos de Cádiz al inicio de la guerra

Publicado el 10 de junio de 2008 en por Hilda Martín, comentarios cerrados.

Últimos días de mayo de 1808.

El 3 de Mayo de 1808, Don Gonzalo O’Fairill, Secretario de Estado Despacho Universal de la Guerra hace saber a todo el pueblo español la siguiente proclama:

Proclama Morla 1 Proclama Morla 2

El 28 de mayo de 1808 el conde de Teba se presentaba ante el general Solano con una misiva de la Junta de Sevilla. El propósito de ésta era que las tropas a las que mandaba se unieran al alzamiento que ya se estaba produciendo en toda España contra las tropas francesas. Las dudas se disiparon entre el pueblo cuando apreciaron los cambios vertiginosos que se producían en las relaciones con Francia.

Don Francisco Solano Ortiz de Rozas nació en Caracas de familia noble. Llegó a Cádiz con el cargo de gobernador militar de la plaza, después de haber destacado en las campañas de Orán y la guerra contra Portugal por sus dotes de mando.

La invitación al general de participar en la leva y en el alistamiento de los gaditanos, le provocó el deseo de unirse al pueblo gaditano que ya gritaba en las calles la guerra a Francia. Sin embargo, desde 1805 la bahía estaba llena de navíos franceses que intentaban arreglar los enormes desperfectos que les había ocasionado su lucha constante contra los ingleses. Más que navíos potentes, se trataba de brulotes y pontones flotantes que usaban como presidios y que, mezclados con la flota española según una estrategia del almirante Rosily, podían ocasionar una batalla terrible para la ciudad y para los pobladores de la bahía. Además al fondo acechaban los navíos ingleses del general Purvis, enemigos tradicionales que cloqueaban la bahía. En pocos días los enemigos pasarán a ser aliados.

El general advirtió a la Junta que el deseo inusitado del pueblo por atacar a dichos barcos depararía nefastas consecuencias para la ciudad. Una y otra vez intentó calmar los ánimos de los gaditanos que vieron en esto un apoyo por parte de Solano a las fuerzas francesas. Accedió a convocar el alistamiento solicitado por la Junta a petición del pueblo, pero no obvió en su escrito su rechazo a provocar un clima de violencia que sería nocivo para la ciudad. Accedió y dejó sobre su mesa el bando listo en el que se daba cuenta del inicio de los contactos con las tropas inglesas, pero al pueblo solo se le hace llegar que “los acontecimientos no permiten declarar la guerra a Francia”.

El 29 de Mayo el pueblo pedía a gritos que se declarara la guerra a Francia y se intimara la rendición de las naves francesas atracadas en el puerto, pero a pesar de las promesas por parte del general de que así se haría, el pueblo entendió que al no cumplirse dichas promesas, tenía el derecho y debería tener el valor de hacer justicia por sí solo.

Así, de forma tumultuosa, se dirigió hacía el palacio de Capitanía que se encontraba en la Plaza del Pozo de Las Nieves, bien provisto de armas conseguidas en el asalto a la armería y al Parque. El objetivo era apresar al traidor.

Al grito de “¡a la horca!” derribaron las puertas a cañonazos haciendo huir al general por las azoteas hasta la casa del banquero irlandés Strange. La señora de Strange proporcionó dentro de una hornacina que había en la casa un refugio para sus aprehensores, pero lograron hacerse con él porque uno de los amotinados sabía de dicha hornacina en la casa. Arrastraron al general hasta la Plaza de San Juan de Dios sufriendo en el camino todo tipo de vejaciones, insultos y ataques. Su destino era la horca, algo terrible para un hombre de condición militar. Entonces, Carlos Pignatelli, amigo del general y atrevido insurgente, con una cuchillada certera, le atravesó el corazón, impidiendo que terminara sus días como un simple malhechor.

Su cadáver quedo tendido en la calle, siendo el canónigo Magistral Cabrera el que lo habría de recoger y llevar a la Catedral Nueva, desde donde, al siguiente día, será llevado al cementerio, nicho 42 de la 5º fila en la línea del Este del patio tercero.

La ciudad queda presa de los amotinados y, ebrios del furor que produce el griterío incontrolado y la sed de justicia, abrieron las puertas del presidio y de las cárceles a los criminales, lo que aumentó el tumulto y la consternación. Solo la intervención de los Capuchinos frenó y controló la situación.

A las once de la noche, Tomás de Morla envía al tesorero de la Aduana, Don José Brun, al convento de los capuchinos, para comunicar al Padre Guardian Fray Mariano de Sevilla lo que textualmente recoge en su libro el padre Fray Ambrosio de Valenciana:

Atendiendo al aspecto terrible que presentaba el pueblo amotinado, amenazando por todas partes con las mayores desolaciones y desastres, tuviesen a bien salir con la comunidad, a fin de contener en lo posible los tantos excesos y evitar las fatalísimas consecuencias que se temían.

El padre Guardián reunió a toda la comunidad y explicó la situación y la petición que el general Morla, desesperado, le pedía. Tan terrible debieron parecer los acontecimientos a los frailes que decidieron en aquel mismo momento salir en procesión de rogativa y penitencia, cantando letanías por todas las plazas y calles, dirigiéndose sobre todo a aquellos lugares donde había mayor alboroto.

En la puerta de la Aduana se encontraron con todos los hombres principales de Cádiz y fue entonces cuando el Padre Fray Mariano de Ronda, que era maestro, exhortó a la tranquilidad y al orden apaciguando el motín.

Al día siguiente, 30 de Mayo, el tumulto y el sobresalto se acentuaron y con cañones, incluso de grueso calibre, impusieron el terror en las calles. Se cometieron tan graves excesos que nadie estaba a salvo. Los presos del Castillo de los Mártires habían sido liberados e intentaron hacer lo mismo con las mujeres recluidas en la casa de corrección.

Nada parecía poner fin al deplorable estado en el que se hallaba la ciudad, cuando el Rev. Padre Guardián regresó a la Aduana para entregar a Tomas de Morla unos papeles que había podido rescatar de la casa del general Solano antes de que ésta fuera quemada. Fue avisado del peligro inminente en el que los acontecimientos, atropellamientos, desórdenes, robos, asesinatos, incendios, ponían al resto de los ciudadanos y honrados vecinos en medio de un pueblo entregado a la anarquía, a la venganza y a la codicia.

“Si la iglesia no logra disipar este inmenso gentío armado y tumultuante preveo juntas todas las desgracias”.
— Morla

La intención era repetir la procesión del día anterior que logró apaciguar los ánimos. Se encaminó al convento y junto al resto de la comunidad, decidieron disponerse a realizar cualquier sacrificio por la tranquilidad pública, de hacer el último esfuerzo por la seguridad de Cádiz y por evitar que mancharan de sangre sus calles.

Se volvió a formar la procesión, el guión de María Santísima delante y, detrás de la comunidad, un crucifijo. Se condujeron por la calle de San Bernardo hasta el campo que estaba frente a la Caleta, donde los amotinados con artillería se disponían a asaltar las casas principales. El Rev. Padre les presentó el crucifijo, y ante una exhortación eficaz y piadosa, dejaron los cañones y se unieron a la misma por todas las calles principales hasta San Juan de Dios, lugar donde volvió a predicar sobre la necesidad del orden como principio para empezar a pensar y a actuar. Juró fidelidad a Fernando VII en el nombre de Cádiz y toda la multitud le acompañó con gritos y vivas. La fuerza con la que violentamente habían tomado la ciudad, se transformó en minutos en el más profundo sentimiento patriótico en contra de Napoleón.

Desde la Aduana y delante de los nobles y hombres ilustres de la ciudad, habló sobre el peligro que corría la ciudad abandonando la vigilancia del puerto, mientras se dedicaban al pillaje y la insurrección. Clamó a favor de mantenerse unidos, dando noticias de la cercanía de las tropas francesas prestas a entrar en Andalucía y de la necesidad de nombrar un gobierno, que nombraran un Jefe en el que se reconociera toda la autoridad gubernativa. Todos gritaron el nombre de Morla, erigido Gobernador y Capitán General.

Pero era importante algo más: había que entregar las armas y, allí mismo, fusiles, pistolas, sables y otras armas, fueron cayendo a los pies de los frailes. Aquel mismo día y el siguiente siguieron entregando armas en el convento. Se le entregaron al Rev. Padre las llaves de la Cárcel Real que tenia el pueblo, y los presos fueron restituidos a sus prisiones.

Pasados aquellos días, se restableció la tranquilidad pública y se formó una Junta Provincial, compuesta por representación publica de la ciudad y del clero secular y regular.

Tomás de Morla firmó y proclamó el bando que el General Solano había escrito antes de morir. Se dispusieron medidas enérgicas e importantes para la defensa de la ciudad: bandos de alistamiento, levas, y se intimó a la rendición de la escuadra francesa. Rosily entregó sus buques y sus armas. La ciudad se preparó para la guerra.

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