La Pepa Hoy

  • vida cotidiana en el Cádiz de las Cortes
  • bicentenario de la Constitución de 1812
  • enciclopedia ilustrada del Cádiz de las luces
  • la guerra de independencia en la provincia de Cádiz
  • Cádiz gusta
  • gaditas ilustrados
  • noticias de una provincia en guerra: Cádiz 1808-1812
diputación de Cádiz consorcio del bicentenario

Sobre la economía en esta plaza: julio de 1808

Publicado el 23 de julio de 2008 en por Hilda Martín, comentarios cerrados.

A través de los anuncios aparecidos en la prensa de 1808, año señalado por la inquietud y el olor a muerte y destrucción que entraba por los Pirineos, fue posible apreciar que la ciudad, inserta en levas y proclamas patrióticas de alistamiento, seguía viviendo al mismo ritmo y con la misma intensidad que meses antes de la entrada del invasor.

La ciudad se preparaba, reacia siempre a entender la verdad, a los acontecimientos que se sucedían fuera de ella. Las noticias venían cargadas de números de muertos y de heridos, de partes de guerra e información sobre el desarrollo del conflicto. Pero la vida seguía y los hombres y mujeres de esta plaza continuaban con sus actividades de siempre. Aún no había llegado el momento de resistir; entonces, el avituallamiento de la ciudad, la necesidad de hombres fieles, las tareas de fortificación y los problemas con la sanidad, llenaban las páginas de todo lo que se publicaba y las fuerzas de un ideal recorrían las calles de boca en boca, creyendo firmemente que el Rey Fernando VII traería las reformas y la libertad que el pueblo necesitaba.

Los meses previos al inicio del conflicto fueron meses de próspero comercio y de iniciativas empresariales emprendedoras. Los productos que se hallan en esta plaza, provenientes de Europa, de España o de las colonias, eran productos abundantes y muy variados, aunque no todos eran asequibles para la población. La entrada por La Puerta del Mar hacia el interior del país creaba en la ciudad una rutina inconfundible de carros y diligencias pesadas en continuo paseo desde el muelle hacia los vergeles de Puerta de Tierra y, una vez traspasada ésta, hacia La Cortadura y la Isla de León, presurosos de ser consumidos por el resto de los andaluces, cuando no iban en barcazas río arriba, desde Sanlúcar hasta Sevilla y el interior, si la barra era lo suficiente profunda para navegar.

La guerra con los ingleses provocó la subida de los precios. La falta de algunas mercancías provenientes del Norte de Europa encareció los productos, de lo cual se hizo eco el Diario Mercantil. En toda Inglaterra se proclamaba la sentencia de que el comercio era el manantial exclusivo de riquezas y prosperidad del país. Se regodeaban en el orgullo nacional, mostrando los adelantos que había tenido el comercio y los beneficios que éste había dado. Sin embargo la guerra hizo que algunos escritores ingleses criticasen el que la riqueza adquirida por algunos particulares no constituía la prosperidad del país, y que ese mismo comercio había puesto a Inglaterra en una dependencia real y absoluta que había agotado sus tesoros más preciosos y comprometido su existencia política.

Los mares se volvieron peligrosos y los corsarios franceses, como el Príncipe Jerónimo de Morlaix con su capitán Lemoulee, se jactaban de apresar buques ingleses o navíos cuyo destino era la Isla. Éste es el caso, por ejemplo, del navío americano Emelina que, con destino a Liverpool y cargado con sal, tierra y fardela, fue apresado al igual que el navío inglés Juliana que, cargado de azufre, sosa, aceite de oliva y frutas secas, fue capturado junto a la Isla de Malta.

Los productos eran recogidos y decomisados para llevarlos a las ciudades y pueblos, los barcos vendidos o amarrados en puerto hasta la paz con Inglaterra. La esperanza estaba en que cuando estos productos entraban en la ruta comercial, los precios bajasen.

La entrada continua de viajeros en la ciudad de Cádiz, que sostenían sus vidas con el comercio, permitió que durante años la ciudad sobresaliera en España por ser signo y símbolo de abundancia y modernidad. Pero la guerra lo cambiaría todo como a principios de siglo lo había cambiado todo la epidemia de fiebre amarilla.

La aparición del conflicto bélico y la necesidad de prevenir cualquier problema de abastecimiento, hizo cambiar de forma importante tanto el consumo como la elaboración de algunos productos, casi siempre por decretos desde la Junta Central y desde el mismo ayuntamiento de una ciudad cada vez más poblada, que rogará más tarde una vez sitiada, por la evacuación de la misma, donde todos los huídos de los lugares ocupados por los franceses terminaban cobijándose, no solo de España, sino también del resto de Europa.

La ciudad, ni siquiera en tiempos del asedio, sufrió los embates del hambre. El avituallamiento de la misma no cesó. Muchos hablarían de la falta de alimentos de la ciudad y que durante el sitio se vieron obligados sus habitantes a comer ratas. La realidad fue bien distinta. El cerrojo que formaban los distintos baluartes y defensas de la ciudad le permitió la entrada de barcos en sus muelles e incluso la salida de productos hacía otros puntos más necesitados. El mar aportaba muchos de los bienes que se consumían y las huertas y cultivos de Puerta de Tierra y de la Isla de León hacían el resto.

Sin embargo, desde el primer momento en que la ciudad comprendió la envergadura del conflicto, y lo delicado de la situación, tomó medidas para salvaguardar el consumo de alimentos de los habitantes de la ciudad.

Corría el mes de Julio, y todo se volvía gris. Se hacia necesario planificar la organización de la ciudad.

Comentarios

Comentarios cerrados para este artículo.

-->

Comentarios

Comentarios cerrados para este artículo.